lunes, 29 de abril de 2013

Ex-Cuban spy offers to renounce US citizenship

Posted on Monday, 04.29.13

Ex-Cuban spy offers to renounce US citizenship
The Associated Press

MIAMI -- A convicted Cuban spy is offering to renounce his U.S.
citizenship if a judge will allow him to serve a probation sentence in Cuba.

Rene Gonzalez was recently allowed to visit Cuba for two weeks following
his father's death and is due back May 6. His lawyer says in court
papers that Gonzalez will renounce his citizenship while in Havana at
the U.S. Interests Section, but only if he can serve his remaining
months of probation there.

U.S. District Judge Joan Lenard issued no immediate ruling.

Gonzalez is one of the so-called Cuban Five convicted of spying on
exiles in Florida and attempting to infiltrate military installations
and political campaigns. They are hailed as heroes in Cuba.

Gonzalez was released from prison in 2011 but is serving three years'
probation.

http://www.miamiherald.com/2013/04/29/3370777/ex-cuban-spy-offers-to-renounce.html#storylink=misearch

sábado, 27 de abril de 2013

La 'Reina de Cuba'

La 'Reina de Cuba'
Ana Montes hizo mucho daño espiando para Cuba. Pero lo más probable es
que no hayan oído hablar de ella
Jim Popkin 27 ABR 2013 - 06:25 CET44


Ana Montes lleva 10 años encerrada con algunas de las mujeres más
peligrosas de Estados Unidos. Montes, en otro tiempo una condecorada
analista de los servicios de inteligencia que residía en un apartamento
de dos dormitorios en el barrio de Cleveland Park, hoy vive en una celda
para dos en la cárcel de mujeres de más alta seguridad de todo el país.
Ha tenido como vecinas a una antigua ama de casa que estranguló a una
embarazada para quedarse con su bebé, una veterana enfermera que mató a
cuatro pacientes con inyecciones masivas de adrenalina y Lynette Fromme,
"La chillona", una seguidora de Charles Manson que trató de asesinar al
presidente Ford.

Pero la vida en la galería Lizzie Borden de una cárcel de Texas no ha
ablandado a la antigua niña prodigio del Departamento de Defensa. Años
después de que la atraparan espiando para Cuba, Montes mantiene su
actitud desafiante. "No me gusta nada estar en prisión, pero hay ciertas
cosas en la vida por las que merece la pena ir a la cárcel", escribe
Montes en una carta de 14 páginas a un familiar. "O por las que merece
la pena suicidarse después de hacerlas, para no tener que pasar todo ese
tiempo en la cárcel".

Ana Montes, como en otro tiempo Aldrich Ames y Robert Hansen, sorprendió
a los servicios de inteligencia con sus audaces actos de traición. De
día, era una estirada funcionaria GS-14 en un cubículo del Organismo de
inteligencia de la Defensa. De noche, trabajaba para Fidel Castro,
conectada a la radio por onda corta para recibir mensajes cifrados que
luego transmitía a sus contactos en restaurantes abarrotados y haciendo
viajes secretos a Cuba en los que lograba salir de Estados Unidos con
una peluca y un pasaporte falso.

Montes espió durante 17 años, con paciencia y metódicamente. Pasó tantos
secretos sobre sus colegas y sobr las plataformas avanzadas de escucha
que los espías estadounidenses habían instalado en Cuba, que los
expertos del sector consideran que es una de las espías más dañinas de
épocas recientes. Pero Montes, que hoy tiene 56 años, no engañó solo a
su país y sus colegas. También traicionó a su hermano Tito, agente
especial del FBI; su exnovio Roger Corneretto, agente de los servicios
de inteligencia del Pentágono especializado en Cuba; y su hermana Lucy,
con 28 años de experiencia en el FBI y condecorada por su aportación al
descubrimiento de espías cubanos.

En los días posteriores a los atentados terroristas del 11 de septiembre
de 2001, la oficina local del FBI en Miami declaró el estado de máxima
alerta. Casi todos los secuestradores habían vivido cierto tiempo en el
sur de Florida, y el FBI quería averiguar como fuera si había alguno más
que se hubiera quedado allí. Por eso, cuando un supervisor llamó a Lucy
Montes y le pidió que fuera a su despacho, a ella no le extrañó. Lucy
era una veterana analista linguística del FBI, acostumbrada a traducir
cintas de escuchas y otros materiales delicados.

SIn embargo, aquella llamada repentina no tenía nada que ver con el
11-S. Un jefe de grupo del FBI le dijo a Lucy que se sentara. Han
detenido a tu hermana Ana, acusada de espionaje, le dijo, un delito que
puede castigarse con pena de muerte. Tu hermana es una espía cubana.

Lucy no gritó, no salió corriendo sin dar crédito. Al contrario, la
noticia le resultó curiosamente tranquilizadora. "Me lo creí de
inmediato", recordaba en una reciente entrevista. "Explicaba un montón
de cosas".

Los grandes medios de comunicación informaron de la detención, por
supuesto, pero quedó enterrada en las constantes informaciones sobre los
atentados. Hoy, Ana Montes sigue siendo la espía más importante de la
que menos se ha oído hablar.

Nacida en una base del ejército de Estados Unidos en 1957, Ana Montes es
la hija mayor de los portorriqueños Emilia y Alberto Montes. Alberto era
un respetado médico militar, y la familia cambió a menudo de residencia,
de Alemania a Kansas y de ahí a Iowa. Se establecieron por fin en
Towson, a las afueras de Baltimore, donde Alberto abrió una consulta
psiquiátrica privada que tuvo mucho éxito y Emilia se convirtió en una
figura importante de la comunidad portorriqueña local.

A Ana le fue muy bien en Maryland. Esbelta, estudiosa y divertida, se
graduó en el Instituto de Loch Raven con una media de 3,9
(sobresaliente); durante su último curso anotó en el anuario que sus
cosas favoritas eran "el verano, la playa... las galletas de chocolate,
pasarlo bien con gente divertida". Pero esa actitud sentimental y
bulliciosa escondía una distancia emocional cada vez mayor, un sentido
desmesurado de superioridad y un inquietante secreto familiar.

De puertas afuera, Alberto era un padre culto y cariñoso con sus cuatro
hijos. Pero en realidad tenía muy mal genio y los maltrataba. Alberto
"pensaba que tenía derecho a pegar a sus hijos", diría más tarde Ana a
los psicólogos de la CIA. "Era el dueño del castillo y exigía una
obediencia total y completa". Las palizas empezaban a los cinco años,
cuenta Lucy. "Mi padre tenía un temperamento muy violento. Nos pegaba
con el cinturón. Cada vez que se enfadaba. Desde luego".

La madre de Ana tenía miedo de enfrentarse a su imprevisible marido,
pero, al ver que los malos tratos físicos y verbales persistían, se
divorció y obtuvo la custodia de los niños.

Ana tenía 15 años cuando se separaron sus padres, pero el daño ya estaba
hecho. "La niñez de Montes hizo que se volviera intolerante respecto a
las diferencias de poder, la llevó a identificarse con los menos
poderosos y consolidó su deseo de vengarse de las figuras autoritarias",
escribió la CIA en un perfil psicológico de Montes marcado con la
etiqueta de "Secreto". Su "retraso en el desarrollo psicológico" y los
abusos a que la sometió un hombre violento al que relacionaba con el
ejército de Estados Unidos "incrementaron su vulnerabilidad a la hora de
que la reclutaran unos servicios de inteligencia de otro país", añade el
informe de 10 páginas. Lucy recuerda que, ya de adolescente, Ana era
distante y aficionada a criticar. "No nos llevábamos más que un año,
pero la verdad es que nunca sentí mucha intimidad con ella", dice. "No
era una persona dispuesta a compartir cosas, a hablar de cosas".

Ana tenía 15 años cuando se separaron sus padres, pero el daño ya estaba
hecho

Cuando Ana Montes estaba en tercero en la Universidad de Virginia,
durante un programa de intercambio que le había llevado a España,
conoció a un guapo estudiante. Era argentino y de izquierdas, recuerdan
sus amigos, y a Ana le abrió los ojos sobre el apoyo del gobierno
estadounidense a regímenes autoritarios. España se había convertido en
un semillero de radicalismo político, y las frecuentes manifestaciones
antiamericanas eran un entretenimiento y una distracción de los deberes.
"Después de cada manifestación, Ana me explicaba las 'atrocidades' que
había cometido el gobierno contra otros países", recuerda Ana Colón,
otra universitaria que se hizo amiga de Montes en España, en 1977, y hoy
vive cerca de Gaithersburg, Maryland. "Estaba ya dividida en dos. No
quería ser estadounidense, pero lo era".

Al acabar la universidad, Montes se mudó durante un breve periodo a
Puerto Rico pero no consiguió encontrar un empleo que le gustara. Cuando
un amigo le dijo que había un puesto de mecanógrafa en el Departamento
de Justicia, en Washington, dejó de lado sus reparos políticos. Al fin y
al cabo, era un trabajo.

Montes hizo una labor brillante en la Oficina de Recursos sobre
Privacidad e Información del Departamento de Justicia. Cuando no llevaba
ni un año, después de que el FBI examinara sus antecedentes, el
Departamento le concedió autorización para manejar documentos muy
secretos, con lo que pudo empezar a revisar algunos de los expedientes
más delicados.

Mientras trabajaba, Montes comenzó los estudios para obtener un máster
en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad
Johns Hopkins. Y endureció sus posturas políticas. Desarrolló auténtico
odio hacia las políticas del gobierno de Reagan en Latinoamérica,
especialmente su apoyo a la contra, los rebeldes que luchaban contra el
gobierno comunista de los sandinistas en Nicaragua.

Montes tenía una gran trayectoria por delante como funcionaria en
Washington y estaba estudiando en una de las mejores universidades del
país. Pero además iba a asumir otra tarea muy exigente: entrenarse como
espía. En 1984, los servicios de inteligencia cubanos la reclutaron como
agente.

Fuentes próximas al caso creen que tenía un amigo en la Escuela que
trabajaba para los cubanos y les ayudaba a identificar posibles agentes.
Cuba considera "máxima prioridad" la captación de gente en las
universidades estadounidenses, según el exagente cubano José Cohen, que
escribió en un ensayo que los servicios cubanos se preocupan por
identificar en las principales universidades de Estados Unidos a
estudiantes con interés por la política que van a "ocupar puestos de
importancia en el sector privado y en la administración".

Montes debió de parecerles un regalo del cielo. Era de izquierdas y
simpatizaba con los países acosados. Era bilingüe y había impresionado a
sus jefes del Departamento de Justicia con su ambición y su cerebro.
Pero, sobre todo, tenía acceso a materiales secretos y era alguien de
dentro. "Nunca se me había ocurrido hacer nada hasta que me lo
propusieron", reconoció Montes más tarde a los investigadores. Los
cubanos, reveló, "trataron de apelar a mi convicción de que lo que
estaba haciendo estaba bien".

Los analistas de la CIA tienen una interpretación algo más siniestra de
la captación. Creen que manipularon a Montes para que pesara que Cuba
necesitaba como fuera su ayuda, "le hicieron sentirse poderosa y
alimentaron su narcisismo", dicen los documentos. Los cubanos empezaron
poco a poco, pidiéndole traducciones e informaciones inocuas que
pudieran ayudar a los sandinistas, su causa favorita. "Sus contactos,
sin que ella se diera cuenta, juzgaron en qué era más vulnerable y
explotaron sus necesidades psicológicas, su ideología y su personalidad
patológica con el fin de reclutarla y mantenerla motivada y trabajando
para la Habana", es la conclusión de la CIA.

Montes visitó Cuba en secreto en 1985 y luego, siguiendo instrucciones,
empezó a presentar su candidatura a puestos de la administración que le
permitieran tener mayor acceso a informaciones secretas. Aceptó un
puesto en el Organismo de Inteligencia de la Defensa (DIA en sus siglas
en inglés), la mayor fábrica de espías militares del Pentágono en el
extranjero.

En los primeros años, Montes cometió un error al confiar a su vieja
amiga de España, Ana Colón, que había ido a Cuba y había tenido una
aventura con el guapo chico que le había servido de guía en la isla.
Montes le contó asimismo que iba a empezar a trabajar en la DIA. "Me
dejó estupefacta", recuerda Colón. "No entendía por qué alguien con sus
opiniones izquierdistas podía querer trabajar para el gobierno y el
ejército de Estados Unidos". Montes le explicó que quería trabajar en
política y que era, "al fin y al cabo, una chica americana normal". Sin
embargo, días después de la confesión, Montes dejó de hablar con su
amiga. Colón la llamó y le escribió una carta detrás de otra durante dos
años y medio, sin resultado. Montes no respondía. Colón nunca volció a
saber de ella.

En Miami, Lucy Montes también estaba asombrada por la decisión de su
hermana de trabajar para el Departamento de Defensa. Pero era su
hermana, la quería, y tenía tantas ganas de conservar la relación con
ella que no insistió. Desde su ingreso en la DIA, Ana era cada vez más
introvertida y de opiniones más rigidas. "Cada vez me contaba menos
cosas de su día a día", dice Lucy. Lo irónico era que Ana, entonces,
tenía muchas más cosas en común con sus hermanos. Si bien Juan Carlos,
el pequeño, era propietario de una mantequería en Miami, Lucy y el otro
hermano, Alberto, "Tito", habían decidido trabajar para proteger Estados
Unidos. Tito era agente especial del FBI en Atlanta, donde todavía
trabaja y donde está casado con otra agente del FBI. Lucy era analista
de lengua española del FBI en Miami, un puesto que ocupa todavía y que
con frecuencia incluye casos relacionados con cubanos. El que entonces
era su marido también trabajaba para el FBI.

De los miembros de la familia, Lucy es la única que se ha avenido a ser
entrevistada. Ha aceptado hablar por primera vez, cuando han pasado más
de 10 años desde la detención de su hermana, para dejar claro lo que
piensa de ella. "No estoy de acuerdo con lo que parecen pensar muchos
amigos suyos, que lo que hizo tiene una buena excusa, ni puedo entender
por qué lo hizo, ni pienso que este país actuara mal. No tiene nada de
admirable", dice Lucy.

Durante 16 años, Ana Montes hizo una labor brillante, tanto en
Washington como en La Habana. Contratada por la DIA como especialista en
investigación, comenzó una carrera ascendente. Pronto se convirtió en la
analista principal de la DIA sobre El Salvador y Nicaragua, y más tarde
fue designada analista política y militar jefe para Cuba. En los
servicios de inteligencia y en la sede central de la DIA, la apodaban
"la Reina de Cuba". No solo era una de las más avezadas intérpretes de
los asuntos militares cubanos que tenía el gobierno estadounidense
--poco sorprendente, dado que tenía informaciones privilegiadas-- sino
que aprendió a influir en la política de Estados Unidos (a menudo para
suavizarla) respecto a la isla.

En su meteórica carrera, Montes recibió gratificaciones en metálico y 10
reconocimientos especiales a su labor, entre ellos in certificado
especial que le entregó el entonces director de la CIA, George Tenet, en
1997. Los cubanos también premiaron a su mejor alumna con una medalla,
un símbolo privado que Montes nunca pudo llevarse a casa.

Se convirtió en un modelo de eficacia, una monja guerrera incrustada en
el corazón de la burocracia. Desde el cubículo C6-146A en el cuartel
general de la DIA, en la Base Conjunta Anacostia-Bolling de Washington,
tenía acceso a cientos de miles de documentos secretos, y solía almorzar
en su mesa, absorta en aprenderse de memoria páginas sin fin de los
informes más recientes. Sus colegas recuerdan que podía ser simpática y
divertida, sobre todo con los jefes o cuando intentaba acceder a una
reunión informativa en la que iba a haber secretos. Pero también podía
mostrarse arrogante y solía rechazar las invitaciones a actos sociales.

Cuando Montes terminaba su jornada en la DIA, comenzaba su segundo
empleo en su apartamento de Macomb Street, en Cleveland Park. Nunca se
arriesgaba a llevarse un documento a casa. Lo que hacía era memorizar
con gran detalle lo que leía durante el día y luego reproducir
documentos enteros en un portátil Toshiba. Noche tras noche, durante
años, vertió documentos del máximo secreto en disquetes baratos que
compraba en Radio Shack.

Montes recibía las órdenes como los espías de la guerra fría: a través
de mensajes numéricos por onda corta

Su técnica era clásica. En La Habana, los agentes de los servicios
cubanos de inteligencia le enseñaron a pasar paquetes a otros espías sin
que se notara, a comunicarse en clave y a desaparecer en caso necesario.
Incluso le enseñaron a fingir ante el detector de mentiras. Según contó
ella después a los investigadores, se trataba de contraer
estratégicamente los esfínteres. No se sabe si el truco funcionaba, pero
el caso es que Montes pasó el detector de mentiras de la DIA en 1994,
cuando ya llevaba un decenio espiando.

Montes recibía la mayoría de sus órdenes de la misma forma que casi
todos los espías desde la época de la guerra fría: a través de mensajes
numéricos transmitidos de manera anónima por onda corta. Sintonizaba un
aparato de radio Sony con la frecuencia 7887 y esperaba a que comenzara
a emitir la "emisora de los números". Una voz de mujer interrumpía las
intereferencias de ultratumba para declarar: "¡Atención! ¡Atención!" y
soltar 150 números en medio de la noche. "Tres-cero-uno-cero-siete,
dos-cuatro-seis-dos-cuatro," repetía la voz. Montes tecleaba luego las
cifras en su ordenador y un programa que le habían instalado los cubanos
convertía los números en texto en español.

También se arriesgó a reunirse con cubanos en persona. Cada pocas
semanas, cenaba con sus contactos en restaurantes chinos del área de
Washington, y aprovechaba para pasarles un puñado de nuevos disquetes
por encima de las exquisiteces orientales. También había entregas
clandestinas durante sus vacaciones en soleadas islas del Caribe.

Montes llegó a viajar en cuatro ocasiones a Cuba, para reunirse con los
máximos responsables de los servicios de inteligencia. En dos de ellas,
utilizó un pasaporte cubano falso, se disfrazó con peluca y viajó a
través de Europa para disimular su pista. Otras dos veces, obtuvo la
autorización del Pentágono para ir a la isla en misiones oficiales
dentro de su trabajo para el gobierno. De día tenía reuniones en la
Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana pero luego se
escabullía para informar a sus jefes cubanos.

En Estados Unidos, cuando Montes necesitaba transmitir un mensaje
urgente, tenía un número de busca. Buscaba cabinas telefónicas en el
Zoo, la estación de metro de Friendship Heights o la tienda de Hecht's
en Chevy Chase para llamar a los buscas de los cubanos. Había una clave
que significaba "Estoy en grave peligro"; otra, "Tenemos que vernos".
Entrenados en las tareas de espionaje por el KGB, los cubanos se fiaban
de las viejas herramientas del oficio. Por ejemplo, las claves de busca
y las notas de onda corta se escribían en papel con un tratamiento
especial. "Las frecuencias y la hoja de consulta de los números estaban
en papel soluble en agua", explica Pete Lapp, del FBI, uno de los dos
máximos responsables de investigar el caso. "Un papel que, cuando se
tira al váter, se evapora".

El trabajo de espía era solitario. Montes no podía confiar más que en
sus contactos. Las reuniones familiares y las vacaciones con sus dos
hermanos del FBI y sus respectivos cónyuges, también del FBI, estaban
cargadas de tensión. Al principio, los cubanos le bastaban como vida
social. "Me daban apoyo emocional. Comprendían mi soledad", dijo Montes
a los investigadores. Sin embargo, al cumplir 40, Montes empezó a
deprimirse. "Tenía ganas, por fin, de compartir mi vida con alguien,
pero era una doble vida, así que me parecía que nunca podría ser feliz",
confesó. Los cubanos le buscaron un amante, pero, después de un par de
días entretenidos, ella se dio cuenta de que no podía ser feliz con un
novio "de encargo".

El aislamiento de Ana se agravó aún más cuando, por una extraña
coincidencia, Lucy empezó a trabajar en el mayor caso de su carrera: un
golpe masivo contra los espías cubanos que trabajaban en Estados Unidos.
Fue en 1998. La oficina de Miami había descubierto una red de espías
cubanos con base en Florida, la llamada "Red Avispa. Con más de una
docena de miembros, la Red Avispa estaba infiltrándose en organizaciones
de cubanos en el exilio y en instalaciones militares estadounidenses de
Florida. Para Lucy, el caso Avispa fue el cénit de su carrera. El FBI le
había ordenado que tradujera horas de conversaciones grabadas de espías
cubanos que estaban tratando de penetrar en la base del Mando Sur de
Estados Unidos, en Doral. Lucy recibió elogios de sus jefes y una
condecoración de una cámara de comercio hispana de la región. Pero nunca
se lo contó a Ana. Aunque esta última era una de las principales
expertas del mundo en Cuba y lo normal habría sido pensar que le iba a
encantar saber que su hermana había contribuido al descubrimiento de la
red de espías, Lucy estaba convencida de que Ana habría cambiado de
tema. "Sabía que no le iba a interesar oírmelo contar ni hablar de
ello", dice.

El triunfo de Lucy se convirtió en motivo de desesperación para Ana. Sus
contactos, de pronto, se ocultaron. Pasaron meses sin querer hablar con
ella, mientras valoraban las consecuencias de la investigación. "Era una
cosa que me permitía sentirme a gusto conmigo misma, y desapareció",
contó después a los investigadores. Y con ello, tocó fondo. Empezó a
llorar sin motivo, a experimentar ataques de pánico e insomnio. Buscó
tratamiento psiquiátrico y empezó a tomar antidepresivos.
Posteriormente, los psicólogos consultados por la CIA llegarían a la
conclusión de que el aislamiento, las mentiras y el temor a ser
capturada habían agudizado unos síntomas que rayaban en el trastorno
obsesivo-compulsivo. Montes se aficionó a darse largas duchas con
diferentes jabones y a llevar guantes cuando iba en el coche. Mantenía
un control estricto de su dieta y, a veces, no comía más que patatas
cocidas sin sal. En una fiesta de cumpleaños que se celebró en casa de
Lucy en 1998, Ana estuvo sentada con el rostro impasible y casi sin
hablar. "Algunos amigos míos pensaron que era una maleducada, que había
algo peculiar en ella. Y lo había. Había perdido a su contacto", explica
Lucy.

Dentro de la DIA, la analista estrella seguía estando por encima de toda
sospecha. Montes había logrado mucho más de lo que habían podido
imaginar los cubanos. Se reunía con la Junta de jefes de estado mayor,
el Consejo Nacional de Seguridad e incluso el presidente de Nicaragua
para informarles sobre la capacidad militar de Cuba. Ayudó a redactar un
polémico informe del Pentágono en el que se decía que Cuba tenía una
"capacidad limitada" de hacer daño a Estados Unidos y solo podía ser un
peligro para los ciudadanos estadounidenses "en determinadas
circunstancias". Y estaba a punto de obtener otro ascenso, en esta
ocasión una prestigiosa beca para trabajar con el Consejo Nacional de
Inteligencia, un órgano consultivo que asesoraba al director de los
servicios de inteligencia y que tenía su sede en el cuartel general de
la CIA, en Langley. Montes estaba a punto de lograr acceso a
informaciones todavía más valiosas. Su trayectoria de espía habría
alcanzado alturas inimaginables si no hubiera sido por un funcionario
corriente de la DIA llamado Scott Carmichael.

De rostro redondo e incómodamente embutido muchas veces en trajes de las
tallas especiales de Macy's, Carmichael no encaja en el esterotipo del
cazaespías sofisticado y educado en Georgetown. El dice, entre risas,
que es "un guardia de seguridad de Kmart", pero, desde hace un cuarto de
siglo, el trabajo de este expolicía del cinturón ganadero de Wisconsin
consiste en cazar espías para la DIA.

En septiembre de 2000 Carmichael obtuvo una pista fundamental. Una
funcionaria de los servicios de inteligencia había ido a ver al veterano
analista de contraespionaje de la DIA Chris Simmons y, pese a que
representaba poner en peligro su puesto de trabajo, le había dicho que
el FBI llevaba dos años tratando en vano de identificar a un funcionario
de la administración que, al parecer, era espía cubano. Era un caso
etiquetado "UNSUB", es decir, "unidentified subject", sujeto no
identificado. El FBI sabía que la persona en cuestión tenía acceso
privilegiado a documentos de Estados Unidos sobre Cuba, había comprado
un portátil Toshiba para comunicarse con La Habana, y alguna otra cosa
más. Pero, con tan pocos detalles, la investigación estaba estancada.

Carmichael se puso a trabajar en ello. Junto con su colega Karl James,
"el caimán", cotejó varias pistas de las que tenía el FBI con las bases
de datos de sus empleados. Los funcionarios de la DIA renuncian a gran
parte de su derecho a la intimidad cuando solicitan autorizaciones para
acceder a materiales secretos, de modo que Carmichael pudo entrar en los
estados de cuentas personales, los historiales médicos y los itinerarios
detallados de viaje de muchos de ellos. La búsqueda de ordenador produjo
más de 100 nombres posibles. Después de examinar alrededor de 20,
apareció en la pantalla de Carmichael "Ana Belén Montes".

Carmichael ya la conocía. Cuatro años antes, un analista colega de
Montes en la DIA había dado la voz de alarma, preocupado por sus
intentos, a veces excesivos, de tener acceso a información delicada.
Carmichael la había entrevistado y había pensado que mentía. "Me había
dejado intranquilo", recuerda. Pero Montes había sabido explicar todos
sus actos y Carmichael había dado carpetazo al asunto. Ahora, la
pantalla de ordenador volvía a mostrar su nombre, y él se convenció de
que debía de ser la espía. "Estaba seguro, completamente seguro de que
tenía que ser ella", dice.

El FBI, sin embargo, no lo vio tan claro. El agente responsable, Steve
McCoy, le puso peros a la tesis de Carmichael, destacó que muchos otros
empleados y contratistas de la administración federal encajaban con las
mínimas pruebas circunstanciales que parecían apunar a Montes. Y algunas
de las pruebas de Carmichael no tenían sentido.

Carmichael reconoció que su teoría tenía lagunas y se recordó a sí mismo
que Montes era una funcionaria ejemplar. Además, sabía que desde la
guerra fría se había procesado a muy pocas mujeres por espionaje en
Estados Unidos. Aun así, estaba seguro de tener razón. Cuando salió de
las oficinas del FBI aquel primer día, hizo una promesa. "Recuerdo que
miré hacia la DIA y estaba muy cabreado", dice, años después. "Le dije
al caimán que aquello era la guerra. Le dije: 'Vamos a deshacernos de
esa... mujer, y estos tíos no lo saben todavía, pero van a acabar
ocupándose de su caso".

Carmichael elaboró el expediente sobre Montes y empezó a dar la lata a
McCoy con datos, dechas y coincidencias. Se buscaba excusas para pasar
por el despacho del agente del FBI a hablar de Montes e ir rellenando
huecos. Y cuando McCoy le ignoraba, acudía directamente a sus jefes.

Al cabo de nueve semanas, la incesante campaña de Carmichael dio fruto.
McCoy se convenció y convenció a sus jefes para que abrieran una
investigación formal. "Fue un golpe de suerte que la DIA nos viniera a
decir que sospechaban de Montes", dice Pete Lapp, el compañero de McCoy
en el caso. A pesar de sus diferencias, McCoy asegura que Carmichael
merece todos los elogios por su tenacidad: "Él fue el que descubrió el
caso y nos proporcionó a la culpable" y, "a partir de ahí, el FBI pudo
desarrollar su investigación".

Cuando el FBI tomó cartas en el asunto, asignó más de 50 personas a la
investigación y obtuvo autorización de un juez del Tribunal de
Vigilancia de Inteligencia Extranjera, a pesar de su escepticismo, para
llevar a cabo registros a escondidas del piso, el coche y el despacho de
Montes. Varios agentes la siguieron y la filmaron cuando hacía llamadas
sospechosas desde cabinas telefónicas. Lapp utilizó una carta de los
responsables de seguridad nacional, una especie de citación
administrativa, para tener acceso ilimitado al historial bancario de
Montes. Se enteró de que había solicitado un crédito en 1996 en una
tienda de CompUSA en Alexandria. ¿Para comprar qué? El mismo modelo de
ordenador portátil Toshiba que figuraba en las informaciones originales
de antes de empezar la investigación. "Fue maravilloso, maravilloso",
recuerda Lapp. "Fue una labor detectivesca de las de toda la vida".

Sin embargo, no había ningún testigo que hubiera visto a Montes
entrevistándose con un cubano, escribiendo mensajes cifrados en el
trabajo ni metiendo ningún documento secreto en su cartera. Por eso,
Lapp se jugaba mucho con el primer registro del apartamento. Necesitaba
pruebas concretas de que montes era espía. Pero no podía permitirse una
búsqueda chapucera que despertase sus sospechas. "Han sido siempre mis
mayores momentos de tensión profesional, eso de entrar legalmente en la
vivienda de alguien pero sin que esa persona lo sepa y con el riesgo de
que te puedan descubrir", dice Lapp, que antes de esta vida había sido
policía. "Es como ser un ladrón, legal, pero, si te atrapan, toda la
investigación se hace añicos".

Había un elemento añadido de urgencia que era el ascenso pendiente de
Montes al consejo asesor de la CIA. Carmichael necesitaba retrasarlo sin
que se notara. Con la ayuda del entonces director de la DIA, el
vicealmirante Thomas Wilson, se le ocurrió un truco muy sencillo. En la
siguiente reunión de personal, alguien debía mencionar de pasada que
muchos empleados de la DIA estaban en comisión de servicios en otros
organismos, una práctica habitual. Wilson se indignaría y anunciaría que
todos los traspasos de personal quedaban congelados. La trampa funcionó.
Montes no se enteró de que la moratoria establecida en toda la oficina
estaba pensada solo para ella. Docenas de supervisores en otros
organismos llamaron a Wilson para quejarse, pero la falsa rabieta
consiguió que Montes no fuera a la CIA.

Justo cuando la investigación del FBI estaba intensificándose, Ana se
enamoró. Había empezado a salir con Roger Corneretto, un responsable de
inteligencia que dirigía el programa relacionado con Cuba en el Mando
Sur, la instalación militar en la que la red Wasp había intentado
infiltrarse. A Corneretto, que era ocho años más joven que Montes, le
atrajeron su ambición, sus faldas ajustadas y su cerebro.

Corneretto dice que, al principio, le gustó el reto de tratar de
conquistar a la "Reina de hielo" de la DIA. "Tardé mucho en lograr que
me aceptara y, cuando lo hice, me di cuenta de que no había una
avalancha de cariño y simpatía que compensaran su carácter y su
inexplicable hostilidad hacia gente que eran buenas personas", recordaba
Corneretto en un reciente correo electrónico.

Hoy, Corneretto está casado y sigue trabajando para el Pentágono. Acepta
a regañadientes hablar sobre su desgraciada relación. "Nos engañó a
todos, a un círculo de gente muy unida, pero yo además estaba saliendo
con ella, así que [mi] sentimiento de vergüenza, culpa, fracaso y
responsabilidad personal fue indescriptible", confiesa. Dice que Montes
es "una persona que, con toda su formación, se ofreció para hacer el
trabajo sucio para un Estado policial y nunca se ha arrepentido" y
declara que "nunca podré perdonarla". dice.

A pesar de las obvias posibilidades de obtener información que le
ofrecía el novio, los investigadores creen que el afecto de Montes era
genuino. Ella se hacía ilusiones de crear una familia y abandonar el
espionaje. Pero sus jefes no estaban dispuestos a perder a la persona
más productiva con la que contaban. "Soy un ser humano con necesidades
que ya no podía seguir negando. Pensé que los cubanos me comprenderían",
reveló posteriormente a sus interrogadores. Sin embargo, a los servicios
de espionaje eso les da igual. "Fue ingenua y creyó que le iban a dar
las gracias por su ayuda y le iban a permitir que dejara de espiar para
ellos", dice el análisis de la CIA.

El 25 de mayo de 2001, Lapp y un pequeño equipo de especialistas en
entrar en pisos se introdujeron en el apartamento número 20. Montes
estaba de viaje con Corneretto, y el FBI registró sus armarios y cestas
de la ropa, examinó los libros ordenados en los estantes y fotografió
sus papeles privados. Vieron una caja de cartón en el dormitorio y la
abrieron con sumo cuidado. Dentro había una radio Sony de onda corta.
Buen comienzo, pensó Lapp. A continuación, los técnicos encontraron un
ordenador Toshiba. Copiaron el disco duro, lo apagaron y se fueron.

Varios días después, un fax protegido de la oficina de Washington empezó
a escupir papeles con la traducción de lo que habían encontrado en el
disco duro. "Fue nuestro momento eureka", dice Lapp.

Los documentos, que Montes había intentado borrar, incluían
instrucciones para traducir las cifras emitidas por radio y otras pistas
elementales de espionaje. Un documento mencionaba el auténtico apellido
de un agente estadounidense que había trabajado con un nombre falso en
Cuba. Montes había revelado su identidad a los cubanos, y su responsable
le daba las gracias y le decía: "Cuando llegó, le estábamos esperando
con los brazos abiertos".

No obstante, el FBI necesitaba más datos. Quería las claves que sin duda
Montes debía de llevar en el bolso. Carmichael quedó encargado de
elaborar un plan para que se dejara el bolso en la oficina. Tal como
cuenta él en su libro de 2007, True Believer, el complicado plan de
Carmichael consistió en un falso fallo informático y una supuesta
invitación a hablar en una reunión que se iba a celebrar en otra planta.
La sala donde se iba a hacer estaba tan cerca que era posible que Ana no
se llevara el bolso, y la reunión era tan corta que no necesitaba
cogerlo para irse a comer después.

El día de autos, dos técnicos de los servicios informáticos se metieron
en el cubículo de Montes a investigar un nuevo y molesto fallo del
ordenador. Uno de ellos era el agente especial del FBI Steve McCoy.
Cuando los colegas de Montes miraban para otro lado, McCoy metió el
bolso en su caja de herramientas y se fue. El FBI copió rápidamente el
contenido y devolvió el bolso. Dentro tenía las claves de aviso para el
busca y un número de teléfono (con el prefijo de zona 917, de Nueva
York) que con posterioridad descubrieron que estaba relacionado con el
espionaje cubano.

A pesar de todo, sin ningún testigo que hubiera visto en primera persona
una entrega de documentos secretos, al FBI le preocupaba que Montes
pudiera negociar una resolución que le permitiera salir bien librada.
Pero se les estaba acabando el tiempo. Unos aviones secuestrados se
habían estrellado contra el Pentágono y el World Trade Center, y, de la
noche a la mañana, la DIA se encontró en pie de guerra. Nombraron a
Montes jefa de división en funciones, debido a su veteranía. Peor aún,
unos superiores suyos que no estaban al tanto de la investigación la
escogieron como responsable de un grupo que debía procesar listas de
objetivos para Afganistán. Wilson, el director de la DIA, había exigido
que se reforzara la seguridad operativa alrededor de ella. Pero ahora
quería que desapareciera. Cuba tenía antecedentes históricos de vender
secretos a los enemigos de Estados Unidos. Si Montes obtenía el plan de
guerra del Pentágono en Afganistán, los cubanos estarían encantados de
transmitir la información a los talibanes.

A Carmichael se le ocurrió la maniobra definitiva. El 21 de septiembre
de 2001, un jefe llamó a Montes de parte de la oficina del inspector
general de la DIA para que fuera urgentemente a hablar sobre una
infracción que había cometido uno de sus subordinados.

Montes acudió de inmediato y la llevaron a una sala de reuniones en la
que le aguardaban McCoy y Lapp. McCoy hizo de poli bueno e insinuó en
términos ambiguos que un técnico o un informador les había llevado a
ella. Montes palideció y fijó la mirada en el horizonte. McCoy quitó
importancia a su culpabilidad, con la esperanza de que ella tratara de
disculpar con excusas inocentes los contactos no autorizados que había
mantenido con agentes cubanos. Pero, cuando Ana preguntó si la estaban
investigando y solicitó un abogado, la farsa llegó a su fin "Lamento
decirle que está detenida por conspiración para cometer actos de
espionaje", anunció McCoy. Lapp le colocó las esposas y acompañaron a
Montes en su última despedida de la oficina.

Tenían preparadas a una enfermera, bombonas de oxígeno y una silla de
ruedas por si acaso, pero la Reina de Cuba no necesitó ninguna ayuda.
"Pensamos que se desvanecería, que se derrumbaría", dice Lapp. "Pero
creo que habría podido llevarnos a los dos a caballo. Salió totalmente
tranquila, no diré que 'orgullosa', pero llena de serenidad".

Ese mismo día, un equipo del FBI registró el piso de Montes durante
horas, en busca de pruebas. Ocultas en el forro de un cuaderno
encontraron las claves manuscritas que empleaba Montes para cifrar y
descifrar mensajes, frecuencias de radio de onda corta y la dirección de
un museo en Puerto Vallarta, México, donde debía acudir en caso de
urgencia. Las chuletas estaban escritas en papel hidrosoluble.

Para Lucy Montes, la detención de Ana fue humillante. A Tito y ella les
preocupó la posibilidad de perder sus puestos en el FBI, y sintieron
sucesivas oleadas de indignación. Pese a eso, durante casi una década,
Lucy pensó que no servía de nada hablar en contra de ella. "Me pareció
mejor ser simplemente su hermana, no juzgarla ni sentenciarla".

Sin embargo, a finales de 2010, Ana se excedió. Desde su celda en una
prisión de Texas, escribió una carta llena de furia en la que sugería a
Lucy que fuera a ver a un psicólogo para librarse de la ira latente que
la inundaba. Semejante hipocresía fue la gota que colmó el vaso. "He
pensado que ha llegado el momento de que te cuente exactamente qué
pienso de ti", respondió Lucy el 6 de noviembre de 2010, en una carta de
dos folios que mostró a este periodista. "Nunca te lo había dicho
porque... me parecía una crueldad, contigo en la cárcel. Pero debes
saber lo que nos has hecho a todos nosotros".

Lucy empezaba mencionando a su adorada madre, Emilia. "Tienes que saber
que has arruinado la vida de mamá. Cada mañana se levanta destrozada por
lo que hiciste y por dónde estás". No bastó, seguía Lucy, con que su
madre "estuviera casada con un hombre violento durante 16 años y criara
a cuatro hijos sin ayuda. No, tú has tenido que arruinar sus últimos
años, cuando debería poder vivir contenta y en paz".

Luego pasaba a hablar de los más próximos a Ana. "Traicionaste a tu
familia, traicionaste a todos tus amigos. Traicionaste a todos los que
te querían". "Traicionaste a tus colegas y tus jefes, y traicionaste a
nuestro país. Espiaste para un megalómano perverso que entrega o vende
nuestros secretos a nuestros enemigos".

Por último, Lucy deshacía las manidas justificaciones de Ana. "¿Por qué
hiciste lo que hiciste, de verdad? Porque te daba la sensación de ser
poderosa. Sí, Ana, querías sentirte poderosa. No eres ninguna altruista,
no te preocupaba "el bien común", te importabas tú. Necesitabas tener
más poder que otras personas", era la conclusión de Lucy. "Eres una
cobarde".

En las entrevistas, Lucy se niega a disculpar a su hermana. Aunque su
difunto padre tenía un genio aterrador, Lucy también recuerda que era un
hombre compasivo y con sólidos valores. "Crecimos todos en el mismo
hogar, tuvimos los mismos padres, así que no se puede achacar todo a lo
que pasaba en nuestra casa", dice. "Si hay algo que nos enseñó mi padre
es el respeto a la ley y la autoridad. A mí no me se pasó jamás por la
imaginación que mi hermana pudiera hacer algo semejante, porque no nos
educaron así".

En la actualidad, Ana Montes vive en el Centro Médico Federal Carswell
de Fort Worth, en una galería de 20 presas reservada para las criminales
más peligrosas del país. La podían haber acusado de traición, que
implica pena de muerte, pero se declaró culpable de espionaje a cambio
de una condena de 25 años. Le quedan aún otros 10 años. "Por lo visto es
un ambiente espantoso", explica Lucy. "Dice que es como estar en un
manicomio".

Los servicios de inteligencia y del ejército de Estados Unidos han
dedicado años a evaluar las consecuencias de los delitos de Montes. En
una vista celebrada el año pasado en el Congreso, la responsable de esa
evaluación declaró que Montes fue "una de las espías más dañinas de la
historia de Estados Unidos". La antigua directora del servicio nacional
de contraespionaje Michelle Van Cleave explicó a los congresistas que
Montes "puso en peligro todos los programas de obtención de
informaciones" que se utilizan para espiar a las autoridades cubanas y
que "es probable que las informaciones que transmitió contribuyeran a la
incapacitación y la muerte de agentes americanos y proamericanos en
Latinaomérica".

Las estrictas reglas penitenciarias impiden que Montes hable con
periodistas ni otras personas, aparte de unos cuantos amigos y
familiares. No obstante, en su correspondencia privada, se niega a pedir
perdón. Su labor de espía estaba justificada, dice, porque Estados
Unidos "ha hecho cosas terriblemente crueles e injustas" al gobierno
cubano. "Debo guardar lealtad a los principios, no a un país, un
gobierno ni una persona", escribe en una carta a un sobrino adolescente.
"No tengo por qué ser leal a Estados Unidos, ni a Cuba, ni a Obama, ni a
los hermanos Castro, ni siquiera a Dios".

Lucy Montes sabe lo que es la lealtad. Cuando Ana salga de la cárcel, el
1 de julio de 2023, elle estará esperándola. Le ha propuesto que viva en
su casa durante unos meses, hasta que se organice. "Lo que nizo no tiene
nada de aceptable. Pero, por otra parte, creo que no puedo darle la
espalda, porque es mi hermana".

Jim Popkin es escritor y vive en Washington.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

http://internacional.elpais.com/internacional/2013/04/27/actualidad/1367036716_281983.html

El espía René González, otra vez en Cuba autorizado por la justicia estadounidense

El espía René González, otra vez en Cuba autorizado por la justicia
estadounidense
DDC | La Habana | 26 Abr 2013 - 11:25 am.

La Habana califica de 'estrictas' las condiciones impuestas por la jueza
federal Joan Lenard.

René González, uno de los cinco agentes de La Habana condenados en
Estados Unidos por espionaje, se encuentra en la Isla "en visita privada
y familiar", autorizado por la jueza federal Joan Lenard, informó el
diario oficial Granma este viernes.

González, quien ya estuvo en la Isla el año pasado para visitar a un
hermano gravemente enfermo, recibió esta vez autorización tras la muerte
de su padre, el pasado 1 de abril.

El espía viajó a Cuba "para acompañar a su familia en esas difíciles
circunstancias", dijo el diario del Partido Comunista.

Lenard ordenó para el viaje varias condiciones, que el Gobierno cubano
califica de "estrictas".

"En esencia, René tuvo que entregar a las autoridades norteamericanas el
itinerario detallado de su viaje, datos sobre su localización en Cuba e
información de contactos en el país. Además, tendrá que reportarse
telefónicamente con su oficial probatorio mientras se encuentre en Cuba
y regresar a los Estados Unidos al expirar el plazo fijado", indicó
Granma sin especificar cuántos días estará el espía en la Isla

"La decisión de autorizar el viaje de René se corresponde totalmente con
las condiciones establecidas para su libertad supervisada, las cuales
permiten que viaje a Cuba, previa aprobación del oficial probatorio o de
la jueza", añadió el diario.

René González es el único de los cinco espías que ha salido de prisión
(en octubre de 2011), pero aún cumple en Florida tres años de libertad
supervisada.

Tras la estancia de González en Cuba el año pasado, el contratista
estadounidense Alan Gross, que cumple en la Isla 15 años de cárcel,
solicitó al régimen cubano, sin éxito, autorización para viajar a su
país a visitar a su madre, muy anciana y enferma.

González y los otros cubanos espías de La Habana recibieron penas de
hasta dos cadenas perpetuas tras ser encontrados culpables de actuar
como agentes extranjeros no declarados, intentar penetrar en
instalaciones militares y en grupos del exilio.

Gerardo Hernández, considerado el cabecilla del grupo, fue acusado
además de responsabilidad en el derribo en aguas internacionales, por
parte de aviones del ejército cubano, de dos avionetas de la
organización de exiliados Hermanos al Rescate. En ese hecho murieron
cuatro personas.

http://www.diariodecuba.com/cuba/1366968317_2960.html

Ciudadana sueca de origen puertorriqueño acusada de espionaje en Estados Unidos

Ciudadana sueca de origen puertorriqueño acusada de espionaje en Estados
Unidos
[26-04-2013]
Redacción de Misceláneas de Cuba

(www.miscelaneasdecuba.net).- Una ex funcionaria del Departamento de
Estados de Estados Unidos, ha sido acusada de expiar durante años para
los servicios de intelegencia cubanos, informan varias agencias de
prensa. Marta Rita Velázquez, quien nació en Puerto Rico vive
actualmente en Suecia y es ciudadana de ese país, y está casada con un
funcionario del servicio exterior sueco.

La espía, pasaba información al gobierno cubano sobre asuntos de
defensa, y reclutó a otros espías, entre ellos a Ana Belén Montes, quien
se encuentra presa en Estados Unidos, luego de que reconocío haber
espiado para el gobierno cubano.

La información diivulgada sobre la acusación señala que "Velázquez
conspiró con otras personas para transmitir al gobierno cubano y sus
agentes documentos e información relacionada con la defensa nacional,
con la intención de que fuera usada para dañar a Estados Unidos"

Rita Velázquez, de 55 años, trabajó hasta el 2002, en la USAID, cuando
renunció y salió de Estados Unidos.

De ser declarada culpable en Estados Unidos, podría enfrentar una
condena de cadena perpetua.

Según el Departamente de Justicia Suecia no ha recibido ninguna
solicitud de extradición por parte de Estados Unidos, según medios de
prensa suecos. De todos modos, la respuesta de las autoridades suecas
sería negativa, pues Suecia no permite la extradición a paises fuera de
la Unión Europea de ciudadanos a causa de delitos políticos, incluidos
los delitos de espionaje."

http://www.miscelaneasdecuba.net/web/article.asp?artID=39258

viernes, 26 de abril de 2013

Espías cubanos se infiltran en grupo académico en EEUU

Publicado el viernes, 04.26.13

Espías cubanos se infiltran en grupo académico en EEUU
Juan O. Tamayo
jtamayo@elnuevoherald.com

La negativa de visas por parte de Estados Unidos a varios cubanos
invitados a un congreso académico ha destapado una protesta
sorprendente, tanto en contra de Washington como de los académicos
pro-Castro que supuestamente controlan la agenda sobre Cuba de la
conferencia y los espías de La Habana que asisten a la misma.

La influencia de Cuba sobre la Asociación de Estudios Latino Americanos
(LASA) se ha rumorado por largo tiempo entre los académicos
estadounidenses. Pocos se han quejado públicamente, por miedo a que La
Habana les prohíba la entrada o les niegue acceso a materiales de
investigación.

Pero ahora las quejas se han hecho públicas.

"La sección de Cuba de LASA ha caído en manos de partidarios de la
revolución, y ha sido completamente politizada", dijo Ted Henken,
profesor de Estudios Latinoamericanos de Baruch College en Nueva York.

"Los que hemos estado en LASA también sabemos que dentro de la
'delegación' cubana hay siempre tantos 'policías' como en Coppelia un
sábado en la noche", dijo el sociólogo cubano Haroldo Dilla, aludiendo a
la famosa heladería de La Habana.

Evelyne Huber, presidenta de LASA, dijo que la sección de Cuba "está
abierta a todos los miembros de LASA, y la misma LASA está abierta a
todos los estudiosos y otros profesionales interesados en América
Latina. No se excluye a nadie de la membresía en base a sus opiniones
políticas".

Las reuniones de la asociación están asimismo abiertas a todos los que
se registren, añadió Huber, directora del departamento de Ciencias
Políticas de la Universidad de Carolina del Norte. El website de LASA
dice que la misma cuenta con más de 7,000 miembros en todo el mundo.

Los comentarios de Henken y Dilla fueron provocados por reportes de que
el Departamento de Estado de EEUU habia negado visa a al menos tres
cubanos invitados a asistir al congreso anual de LASA, del 29 de mayo al
1 de junio, en Washington.

Ellos fueron identificados como Elaine Díaz Rodríguez, periodista y
profesora de la Universidad de La Habana, y los jóvenes blogueros Isbel
Díaz Torres y Dimitri Prieto Samsónov. La visa de Diaz Rodriguez fue
aprobada posteriormente.

Se debería permitir la participación del trío en la conferencia de LASA
ya que "se han caracterizado por sus posiciones críticas frente a
aspectos específicos de la realidad cubana", escribió Dilla en una
columna publicada el 15 de abril en el website CubaEncuentro.

Henken, miembro de LASA que dirige además la Asociación para el Estudio
de la Economía Cubana (ASCE), dijo eue las negativas de visa son "una
oportunidad perdida para que EEUU escuche voces críticas y auténticas
desde dentro de Cuba".

Pero, aunque la libertad académica y los intercambios siempre son
deseables, argumentaron ambos hombres, las relaciones académicas
EEUU-Cuba están empañadas por una falta de reciprocidad, o por cosas peores.

Henken señaló que Omar Everleny Pérez, un joven economista cubano que ha
criticado algunas de las reformas económicas del gobernante Raúl Castro
y que fué invitado a participar en un panel de LASA, no será permitido
viajar a Washington por la Universidad de La Habana.

Y, aunque Baruch College envió a nueve estudiantes en enero a Cuba, La
Habana nunca respondió la solicitud que hizo Henken para acompañarlos,
agregó. "Nunca me dijeron que no, pero nunca me dijeron nada", escribió
Henken en un correo electrónico a El Nuevo Herald.

Dilla, quien ahora da clases en la República Dominicana, señaló que Cuba
no permite a algunos académicos exiliados como él mismo que regresen a
la isla a asistir a conferencias, publicar su trabajo en las revistas de
la isla o enseñar en sus universidades.

Intervención

Una investigadora estadounidense que presentó un trabajo en la
conferencia de ASCE en Miami el año pasado, admitió que la versión
impresa de su trabajo no era tan crítica de La Habana como sus
afirmaciones verbales porque ella temía que no la dejaran entrar más a Cuba.

"La sección de Cuba de LASA ha sido básicamente intervenida por los
cubanos, el gobierno… y nosotros guardamos silencio para conseguir o
seguir teniendo acceso a Cuba", dijo la investigadora, quien pidió
conservar el anonimato por las mismas razones.

Henken visitaba a menudo a Cuba con motivo de investigaciones
académicas, pero después de que él entrevistó a varios blogueros en el
2011, incluyendo algunos que critican al gobierno, funcionarios de
Seguridad del Estado lo pararon cuando regresaba a su casa y le dijeron:
"Esta va a ser tu última vez".

Aunque el proceso de Estados Unidos de entrega de visas para académicos
"tiene sus problemas de politización, burocracia y arbitrariedad",
señaló, "la burla sistemática de la libertad académica y la libertad de
movimiento" del gobierno cubano "es mucho más condenable".

No ha habido indicios del tamaño de la delegación cubana al congreso de
LASA el mes próximo. Pero en el 2003 la administración de Bush negó la
visa a toda la misión cubana, que se alega constaba de 75 personas.

Dilla, quien asistió a dos conferencias de LASA antes de abandonar Cuba
en el 2000, escribió que la asociación debería presionar al Departamento
de Estado para que concediera visas, pero agregó que él quería "destacar
un par de detalles".

Agentes

Aunque académicos cubanos altamente respetados asisten a las
conferencias de la LASA, señaló, las delegaciones cubanas siempre
incluyen a oficiales de inteligencia y colaboradores.

"Algunos están en la nómina de Línea y A", añadió, refiriéndose a la
dirección de la sede de la Dirección de Inteligencia del Ministerio del
Interior. "Otros son guardianes de los servicios ideológicos, unos en
activo y otros retirados… Pero todos, y por encima de todo, son personas
que desempeñan roles que tienen muy poco que ver con el libre debate
académico".

"Se les puede notar en cada congreso, chupando el presupuesto de LASA,
coaccionando a los verdaderos académicos y convirtiendo al Task Force de
Cuba en una enmarañada y opaca extensión del Departamento Ideológico del
Partido Comunista de Cuba", agregó.

Los cubanos que asisten a las conferencias de la LASA también se reúnen
antes de viajar para casi dos semanas recibiendo instrucciones del
Departamento Ideológico sobre temas tales como la economía o los
derechos humanos, dijo Dilla a El Nuevo Herald en una entrevista
telefónica el jueves.

El ex oficial de la inteligencia cubana Orlando Brito Pestana, quien
desertó en el 2002 y vive ahora en el sur de la Florida, ha dicho que él
asistió a una conferencia de LASA en Canadá alrededor de 1991 con
acreditación del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba.

Su trabajo, añadió, era detectar a los académicos pro-Castro que
asistían a la conferencia y vigilar a los académicos cubanos que podrían
estar planeando una deserción.

http://www.elnuevoherald.com/2013/04/26/v-fullstory/1462836/espias-cubanos-se-infiltran-en.html

Agente bajo restricción en EEUU viaja a Cuba

Publicado el viernes, 04.26.13

Agente bajo restricción en EEUU viaja a Cuba
Por ANDREA RODRIGUEZ
Associated Press

LA HABANA -- El agente de inteligencia René González, quien tiene
libertad restringida en Estados Unidos, viajó temporalmente a la isla
autorizado por una jueza de Florida.

González se encuentra en la isla para una "visita privada y familiar",
indicó una nota en el periódico oficial Granma y luego leída por el
noticiero cubano.

No se especificó cuándo llegó González y la fecha en que regresará a
Estados Unidos.

"El pasado 3 de abril, dos días después del fallecimiento de su padre
Cándido, René presentó una moción ante la Corte para el Distrito Sur de
Florida, a través de su abogado, solicitando que se le autorizara viajar
a Cuba para acompañar a su familia en esas difíciles circunstancias",
agregó la nota.

Posteriormente la jueza Joan Lenard, quien está a cargo de su expediente
y del de otros cuatro cubanos procesados en un sonado caso, autorizó el
viaje e impuso condiciones como la entrega de un itinerario del viaje,
datos sobre su localización y la obligación de reportarse
telefónicamente con su oficial probatorio en Estados Unidos.

González, Ramón Labañino, Fernando González, Antonio Guerrero y Gerardo
Hernández fueron detenidos en 1998 y posteriormente sentenciados a penas
de hasta cadena perpetua por infiltrarse en grupos anticastristas de
Florida. Un tribunal superior determinó que las condenas eran exageradas.

El caso de "los 5" como se los conoce internacionalmente es uno de los
que mayor tensión imprime a las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.

Cuba reconoció que los cinco eran agentes de inteligencia pero rechazó
categóricamente que su misión pusiera en riesgo la seguridad
estadounidense, pues incluso los tribunales estadounidenses no pudieron
probar que intentaran obtener información clasificada en aquel país.

Las autoridades insistieron en que su misión era monitorear y trasladar
a La Habana reportes sobre la actividad de los grupos anticastristas
violentos que operan en Florida.

En la isla se considera a González y los otros cuatro como héroes, pues
poco antes de ser detenidos -en 1997- grupos anticastristas con sede en
Estados Unidos habían realizado una ola de atentados con bombas en
centros hoteleros que dejaron a un turista muerto.

González cumplió 13 años de prisión y fue liberado en 2011. Ahora debe
saldar una sanción de tres años de libertad supervisada en Estados Unidos.

En 2012 se le permitió viajar a Cuba para visitar a su hermano enfermo
que posteriormente falleció.

"Con profundo respeto y afecto, nuestro pueblo le da la bienvenida a
René y no descansará en sus esfuerzos por lograr su regreso definitivo,
junto a Gerardo, Ramón, Antonio y Fernando", indicó la nota de Granma.

---

La corresponsal Andrea Rodríguez esta en Twitter como:
http://www.twitter.com/ARodriguezAP

http://www.elnuevoherald.com/2013/04/26/1463227/agente-bajo-restriccion-en-eeuu.html

Nace una espía: así reclutó Cuba a Ana Belén Montes

Nace una espía: así reclutó Cuba a Ana Belén Montes

El mayor éxito de la agente castrista "Bárbara" fue reclutar a Montes e
infiltrarla en la Agencia de Inteligencia del Pentágono. La acusación
recién publicada contra Marta Rita Velázquez ilustra cómo se captan
espías castristas en círculos académicos de EE.UU,
Rolando Cartaya
abril 26, 2013

El reclutamiento de la espía convicta de la inteligencia castrista Ana
Belén Montes, es el plato fuerte de una acusación de conspirar para
cometer espionaje a las órdenes de los servicios de inteligencia de Cuba.

Los cargos fueron formulados en 2004 por un jurado investigador de
EE.UU. contra la ex empleada federal Marta Rita Velázquez, de origen
puertorriqueño.

La acusación, sellada por la corte durante 9 años,y publicada el jueves
en el sitio web del Departamento de Justicia, es prolija en detalles
acerca del reclutamiento de Montes y los métodos de la Dirección de
Inteligencia castrista.

Describe cómo alrededor de septiembre de 1983 Velázquez viajó
clandestinamente a México para reunirse con oficiales de Inteligencia de
Cuba. Sin embargo, nadie fue a su encuentro. La acusación apunta que la
prensa mexicana reportó entonces que las autoridades de ese país habían
arrestado, interrogado y luego expulsado a dos oficiales de inteligencia
cubanos que habían intentado reunirse allí con ciertos exiliados cubanos
de Miami.

El documento precisa que una de las funciones de Velázquez en su trabajo
para la Dirección de Inteligencia (DI) cubana era ayudar en el
reclutamiento y formación de agentes seleccionados entre ciudadanos
estadounidenses que ocuparan "posiciones sensibles" o que tuvieran el
potencial para ocuparlas en un futuro.

Entre 1982 y 1984 Velazquez coincidió con Montes, también de ascendencia
puertorriqueña, en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados
(SAIS) de la Universidad Johns Hopkins en Washington D.C.. La acusación
señala que como parte de la conspiración ella estableció y fomentó una
estrecha amistad con su paisana, con el fin de facilitar su reclutamiento.

TE INVITO A CENAR

En la primavera boreal de 1984, Velázquez invitó a cenar a Montes en
Washington. Durante la cena le dijo que ella tenía amigos que podían
ayudarle a cumplir sus deseos de "ayudar al pueblo de Nicaragua".

Después de terminar sus estudios de postgrado en SAIS, en julio de 1984,
Velazquez le escribió a Montes. En su carta, escrita en español, le
decía: "Ha sido una gran satisfacción para mí haberte tenido como amiga
y compañera durante este tiempo que hemos compartido juntas como
estudiantes. Espero que nuestra relación continúe fuera de la esfera
académica".

En el otoño de 1984, mientras Montes trabajaba para el Departamento de
Justicia y buscaba empleo en organizaciones internacionales de socorro,
Velázquez la invitó a viajar con ella a Nueva York. La acusación
consigna que el objetivo ostensible del viaje era presentarle a un amigo
que le ofrecería una oportunidad de ayudar al pueblo nicaragüense.

El viaje en tren se concretó alrededor del 16 de diciembre de ese año.
En un restaurante de la Gran Manzana, se reunieron con un oficial de la
inteligencia cubana identificado en la acusación como "M". El hombre
tenía inmunidad como diplomático de la Misión de Cuba ante Naciones
Unidas, uno de los dos principales centros de la inteligencia castrista
en EE.UU, junto con la Sección de Inereses en Wasshington.

Tras concluir el "almuerzo de trabajo", Velázquez participó a su
invitada que su interlocutor le había comentado que consideraba a Montes
entre sus mejores prospectos.

A principios de 1985 Velázquez le pidió a Montes que preparara una
autobiografía, incluyendo su trayectoria en el Departamento de Justicia.
Incluso le prestó una máquina de escribir para que la redactara. Una vez
listo el curriculum, volvieron a viajar juntas a Nueva York para
entrevistarse por segunda vez con "M".

Posteriormente, Velázquez acordó con sus manejadores cubanos organizar
una visita con Montes a Cuba, vía España.

...Y EL POLÍGRAFO TAMBIÉN

Partieron hacia Madrid el 29 de marzo de 1985, o en fecha aproximada.
Una vez en España, se encontraron con un cubano que les proporcionó
pasaportes falsos, con los que viajaron, siguiendo instrucciones de La
Habana, a Praga, Checoslovaquia.

En esa ciudad centroeuropea les esperaban dos individuos de nacionalidad
cubana. Uno de ellos era el oficial de inteligencia identificado en la
acusación como "F". Se trasladaron a un apartamento donde Montes y
Velázquez recibieron nuevos pasaportes falsos y ropa para su viaje
clandestino a Cuba, en el cual les acompañaría "F".

Una vez en La Habana, Velázquez supo por otro oficial de la DI,
identificado como "A" en el documento del Departamento de Justicia, que
la razón de que nadie se encontrara con ella en México en 1983 había
sido la expulsión de los dos oficiales de inteligencia.

Durante su estancia en Cuba, en la primera mitad de abril de 1985,
Velázquez y Montes recibieron entrenamiento de inteligencia, incluida la
codificación y decodificación de mensajes para transmitirlos por radio
en altas frecuencias.

De las dos visitantes partió la iniciativa de que las sometieran también
al polígrafo o detector de mentiras, por si acaso tenían que pasar dicha
prueba como parte de sus empleos con el gobierno estadounidense.

De Cuba, Velázquez regresaría con el nombre en clave de "Bárbara".

UNA FOTO EN LA GRAN VIA

El viaje de regreso siguió el itinerario inverso: La
Habana-Praga-Madrid-Washington. En la capital española, por sugerencia
del centro de La Habana, se tomaron fotos en un bulevar madrileño para
justificar unas supuestas vacaciones en España. En sus pasaportes
estadounidenses se estampó como fecha de regreso el 13 de abril del 85.

Entre junio y septiembre de ese año Velázquez ayudó a Montes a obtener
un empleo en la Agencia de Inteligencia del Departamento de Defensa,
DIA. En el cuestionario sobre Seguridad del Personal del Departamento de
Defensa Montes la citaba entre sus referencias como una persona que
conocía su carácter.

En septiembre del 85 Montes obtuvo la plaza como analista de
inteligencia de la DIA, y con ello, el acceso a un tesoro de información
clasificada sobre la defensa nacional de Estados Unidos que entregaría
puntualmente a lo largo de 16 años al gobierno de Cuba y sus agentes.

A partir de 1992 se especializaría en asuntos cubanos, una posición
desde la que se cree influyó en un informe de la entidad que desestimaba
a Cuba como amenaza para la seguridad de Estados Unidos.

AHORA, VUELA TÚ SOLITA

Una vez que Montes se consolidó en su puesto, ella y Velázquez rompieron
sus relaciones. Sus conocidos sólo habrán visto una discusión acalorada
entre amigas íntimas, iniciada por la segunda, alrededor de 1988. La
acusación del jurado investigador señala en cambio que a los efectos de
su trabajo como espías del gobierno cubano era necesario establecer
entre ambas una compartimentación.

Velázquez conseguiría empleo en 1989 con la Agencia de Estados Unidos
para el Desarrollo Internacional, USAID, donde obtuvo un nivel de acceso
a la información "top secret", un escalón más que el nivel "secret" que
había recibido en el Departamento de Transporte en 1984.

Fue estacionada --¿casualidad?-- en Nicaragua. La acusación consigna que
durante su estancia en Managua fue contactada por sus manejadores en
abril de 1992, via mensajes codificados, para que viajara a Panamá,
donde sostendrían una reunión operativa.

En otro contacto con ellos en junio de 1996, le entregaron nuevos
programas de codificación-decodificación para continuar las
comunicaciones clandestinas. Un mes más tarde la volvieron a contactar,
preocupados por su embarazo.

DE "CENTRO" A "BARBARA": HAZ COMO QUE TE VAS, Y VETE

Montes fue arrestada el 20 de septiembre de 2001,nueve días después de
los atentados terroristas contra Washington y Nueva York. Si hasta
entonces el FBI la había dejado correr, su conocimiento de secretos de
la defensa nacional la convirtieron en un grave peligro tras el 9/11.

En 2002, se declaró culpable de los cargos presentados contra ella, por
los cuales la podían haber condenado a muerte. Había llegado a un
acuerdo con la fiscalía para recibir una condena menor (25 años) a
cambio de colaborar.

En junio de ese año Velázquez renunció a su trabajo con la USAID y salió
de Estados Unidos hacia Suecia. La cancillería sueca ha confirmado que
está, o estuvo, casada con un funcionario de esa dependencia, el cual
–afirman--no sería culpable de ninguna actividad criminal, pese a que
toda la labor conspirativa y de espionaje de ella transcurrió mientras
estaban casados.

Por el cargo formulado en la acusación del jurado investigador, Marta
Rita Velázquez, también conocida como "Bárbara", también conocida como
Marta Rita Kviele, podría ser condenada a cadena perpetua. Pero Suecia
considera el espionaje un delito político, y no extraditaría a Velázquez
a Estados Unidos

No en balde optó temprano por hacerse la sueca.
Rolando Cartaya

rcartaya@ocb.ibb.gov
Rolando Cartaya (La Habana, 1952) Graduado de Periodismo, Universidad de
La Habana 1976. Ha trabajado en la página cultural de Juventud Rebelde,
la agencia UPI, el servicio Worldnet y como editor de las revistas
"Newsweek", "Discover" y "Motor Trend" en español. Ha traducido más de
20 libros para la editorial cristiana Thomas Nelson, Inc. Con Radio
Martí desde 1989, ha sido editor, redactor, reportero, y director y
guionista del programa "Sin Censores ni Censura". Actualmente trabaja en
martinoticias.com. Fue vicepresidente en la isla del Comité Cubano Pro
Derechos Humanos.

http://www.martinoticias.com/content/article/21933.html

EEUU acusa a ex funcionaria de espiar para Cuba

EEUU acusa a ex funcionaria de espiar para Cuba
Publicado el Jueves, 25 Abril 2013 16:17
Por Redacción CaféFuerte

El gobierno de Estados Unidos reveló este jueves una acusación contra
una ex funcionaria estadounidense por espiar para el gobierno de Cuba.

Marta Rita Velázquez, de 55 años y origen puertoriqueño, habría sido
responsable de presentar a Ana Belén Montes al Servicio de Inteligencia
cubano en 1984, y de ayudar a Montes luego conseguir empleo en la
Agencia de Inteligencia de Defensa de EE.UU, DIA.

La mujer trabajó entre 1989 y 2002 en la Agencia del Departamento de
Estado para el Desarrollo Internacional (USAID) como funcionaria con
responsabilidades que abarcaban América Central, indicó un comunicado
del Buró Federal de Investigaciones (FBI)

Velázquez, también conocida como "Marta Rita Kviele" y "Barbara", reside
actualmente en Estocolmo, Suecia. La acusación contra ella estaba
sellada por una corte desde el 2004; la mujer reside fuera de EEUU desde
el 2002.

De acuerdo con la acusación, en diciembre de 1984 Velázquez presentó a
Montes a un oficial de la inteligencia cubana que se identificó como un
funcionario de la Misión de Cuba a los Estados Unidos. Este oficial de
inteligencia reclutó Montes. En 1985, después de la contratación de
Montes, Velázquez acompañó personalmente a Montes en un viaje
clandestino a Cuba para recibir capacitación técnicas de espionaje.

En 1985 Velázquez habría ayudado a Montes a obtener un empleo como
analista de inteligencia en la DIA, donde Montes tuvo acceso a
información clasificada de la defensa nacional y sirvió como agente de
la inteligencia cubana hasta su arresto en 2001.

Montes se desempeñó como analista de inteligencia en la DIA desde
septiembre de 1985 y fue arrestada por espionaje por parte de agentes
del FBI el 21 de septiembre de 2001. Se declaró culpable en el 2002 y
actualmente cumple una condena de 25 años de cárcel.

Hasta el 2002 Velázquez supuestamente continuó sirviendo al servicio de
inteligencia de Cuba, recibiendo instrucciones a través trasmisiones
codificadas y en reuniones fuera de Estados Unidos, indica el documento.
La mujer renunció a USAID en el 2002 y ese mismo año se fue de Estados
Unidos.

La acusación alega que Velázquez comenzó a trabajar para la inteligencia
cubana en 1983.

Las dos mujeres se conocieron en la Escuela de Estudios Internacionales
Avanzados de la Universidad John Hopkins, en 1984 en Washington.
Velázquez estableció fuertes lazos de amistad con Montes sobre la base
de que ambas compartían ideas similares sobre la política estadounidense
en Nicaragua.

Si es declarada culpable del cargo en su contra, Velázquez se enfrenta a
una posible condena de cadena perpetua.

http://cafefuerte.com/cuba/noticias-de-cuba/politica/2800-eeuu-acusa-a-ex-funcionaria-del-dpto-de-estado-de-espiar-para-cuba

viernes, 19 de abril de 2013

Espía cubana purga larga sentencia en Texas

Espía cubana purga larga sentencia en Texas

Ana Belén Montes, la analista del Pentágono que durante 17 años pasó
información secreta La Habana, está considerada uno de los espías "más
dañinos" en la historia de EE.UU.
martinoticias.com
abril 19, 2013

Ana Belén Montes, la espía que dentro del Pentágono suministro durante
17 años información secreta a Cuba, cumple actualmente su condena a
prisión en el Centro Federal Carswell, en Forth Worth, Texas, en una
unidad reservada para las 20 reclusas más peligrosas de EE.UU., según
informa el diario The Washington Post.

En un amplio reportaje, el periódico hace una reseña de la vida familiar
de Montes , de su estancia como analista de inteligencia en el
Departamento de Defensa , y dice que entre sus compañeras de prisión ha
estado Lynette Squeaky Fromme, una simpatizante de Charles Manson que
trató de asesinar al presidente Gerald Ford.

El Post recuerda que la espía pudo haber sido condenada por traición, un
delito que se paga con la pena capital, pero como se declaró culpable
para que se le redujera la sentencia cumple a cambio 25 años de cárcel,
de los que les quedan poco más de una década. Sin embargo, indica el
diario, nunca se ha arrepentido de sus delitos.

"Las estrictas reglas de prisión le prohíben a Montes hablar con la
prensa y con otras personas a excepción de unos pocos a amigos y
familiares—precisa—. Pero en su correspondencia privada, rehúsa pedir
perdón". La espía ha dicho que estuvo justificado lo que hizo porque
EE.UU. ha hecho al gobierno cubano "algunas cosas que son terriblemente
crueles e injustas".

En una carta que escribió a un sobrino adolescente, según destaca el
Post, Montes dice: "Debo lealtad a principios y no a ningún país,
gobierno o persona. No debo lealtad a EE.UU. ,a Cuba, a (Barack) Obama o
a los hermanos Castro o a Dios".

De acuerdo con el periódico, las agencias militares y de inteligencia
estadounidenses estuvieron años evaluando los efectos ocasionados por
los delitos de Montes, y en una audiencia en el Congreso el año pasado
una agente a cargo de la investigación dijo que ella había sido "uno de
los espías más dañinos en la historia de EE.UU."

La oficial de contrainteligencia Michelle Van Cleave dijo al Congreso
que Montes comprometió "todos los programas de recopilación (de
inteligencia) enfocados en Cuba", y también es probable "que la
información que pasó (a La Habana) contribuyó a causar la muerte y daños
a estadounidenses y a fuerzas pro EE.UU. en América Latina".

Además de traicionar a su país, el diario pone de relieve que la espía
también fue desleal con su hermana Lucy Montes, una agente del FBI que
trabajó en el desmantelamiento en 1998 de la Red Avispa, integrada por
más de una docena de agentes cubanos, y también con su hermano, Tito,
igualmente agente especial del FBI, y con quien era entonces su novio,
un oficial de inteligencia en el Pentágono.

El Post reseña que su hermana Lucy le escribió una carta el 6 de
noviembre de 2010 en la que le confiesa que nunca le manifestó sus
pensamientos antes porque como estaba presa lo creyó cruel pero que al
cabo de los años había decidido decirle que ella debía saber que había
arruinado la vida de su madre.

"¿Por qué hiciste realmente lo que hiciste?—leseñala en la misiva--.
Porque te hizo sentirte poderosa. Si, Ana, querías sentirte con poder.
Tú no eres altruista, no fue ´el bien superior´ lo que te preocupaba,
eras tú. Necesitabas poder por encima de otras personas (…) Tú eres una
cobarde".

No obstante, Lucy dijo al periódico que cuando su hermana salga de
prisión el 1ro. de julio de 2023 estará esperándola tras haberle
ofrecido que viva en su casa unos cuantos meses hasta que pueda
establecerse en otro lugar. "No hay nada admisible en lo que ella hizo.
Pero por otro lado no siento que deba volverle la espalda, porque es mi
hermana".

http://www.martinoticias.com/content/eeuu_cuba_espia_belen_montes_pentagono/21701.html

Ana Montes did much harm spying for Cuba. Chances are, you haven't heard of her.

Ana Montes did much harm spying for Cuba. Chances are, you haven't heard
of her.
Posted by Jim Popkin on April 18, 2013 at 3:03 pm
By Jim Popkin

Ana Montes has been locked up for a decade with some of the most
frightening women in America. Once a highly decorated U.S. intelligence
analyst with a two-bedroom co-op in Cleveland Park, Montes today lives
in a two-bunk cell in the highest-security women's prison in the nation.
Her neighbors have included a former homemaker who strangled a pregnant
woman to get her baby, a longtime nurse who killed four patients with
massive injections of adrenaline, and Lynette "Squeaky" Fromme, the
Charles Manson groupie who tried to assassinate President Ford.

But hard time in the Lizzie Borden ward of a Texas prison hasn't
softened the former Defense Department wunderkind. Years after she was
caught spying for Cuba, Montes remains defiant. "Prison is one of the
last places I would have ever chosen to be in, but some things in life
are worth going to prison for," Montes writes in a 14-page handwritten
letter to a relative. "Or worth doing and then killing yourself before
you have to spend too much time in prison."

Like Aldrich Ames and Robert Hanssen before her, Ana Montes blindsided
the intelligence community with brazen acts of treason. By day, she was
a buttoned-down GS-14 in a Defense Intelligence Agency cubicle. By
night, she was on the clock for Fidel Castro, listening to coded
messages over shortwave radio, passing encrypted files to handlers in
crowded restaurants and slipping undetected into Cuba wearing a wig and
clutching a phony passport.

Montes spied for 17 years, patiently, methodically. She passed along so
many secrets about her colleagues — and the advanced eavesdropping
platforms that American spooks had covertly installed in Cuba — that
intelligence experts consider her among the most harmful spies in recent
memory. But Montes, now 56, did not deceive just her nation and her
colleagues. She also betrayed her brother Tito, an FBI special agent;
her former boyfriend Roger Corneretto, a Cuban-intelligence officer for
the Pentagon; and her sister, Lucy, a 28-year veteran of the FBI who has
won awards for helping to unmask Cuban spies.

***

In the days after the Sept. 11, 2001, terrorist attacks, the FBI's Miami
field office was on high alert. Most of the hijackers had spent time in
South Florida, and FBI personnel there were desperate to learn whether
any more had stayed behind. So when a supervisor asked Lucy Montes to
come to his office, she didn't blink. Lucy was a veteran FBI language
analyst who translated wiretaps and other sensitive communications.

But this impromptu meeting had nothing to do with Sept. 11. An FBI squad
leader sat Lucy down. Your sister, Ana, has been arrested for espionage,
he informed her, and she could face the death penalty. Your sister, Ana,
is a Cuban spy.

Lucy didn't scream, didn't storm out in disbelief. Instead, she found
the news strangely reassuring. "I believed it right away," she recalled
in a recent interview. "It explained a lot of things."

Major news organizations reported on the arrest, of course, but it was
overshadowed by nonstop coverage of the terrorist attacks. Today, Ana
Montes remains the most important spy you've never heard of.

***

Ana Montes with her family at the FBI training facility at Quantico in
1989. From left, father Alberto, Ana, sister Lucy, then-sister-in-law
Joan and brother Tito. (Photograph courtesy family)

Born on a U.S. Army base in 1957, Ana Montes is the eldest child of
Emilia and Alberto Montes. Puerto Rico-born Alberto was a respected Army
doctor, and the family moved frequently, from Germany to Kansas to Iowa.
They settled in Towson, outside Baltimore, where Alberto developed a
successful private psychiatric practice and Emilia became a leader in
the local Puerto Rican community.

Ana thrived in Maryland. Slender, bookish and witty, she graduated with
a 3.9 GPA from Loch Raven High School, where she noted in her senior
yearbook that her favorite things included "summer, beaches … chocolate
chip cookies, having a good time with fun people." But the bubblegum
sentimentality masked a growing emotional distance, grandiose feelings
of superiority and a troubling family secret.

To outsiders, Alberto was a caring and well-educated father of four. But
behind closed doors, he was short-tempered and bullied his children.
Alberto "happened to believe that he had the right to beat his kids,"
Ana would later tell CIA psychologists. "He was the king of the castle
and demanded complete and total obedience." The beatings started at 5,
Lucy said. "My father had a violent temper," she said. "We got it with
the belt. When he got angry. Sure."

Ana's mother feared taking on her mercurial husband, but as the verbal
and physical abuse persisted, she divorced him and gained custody of
their children.

Ana was 15 when her parents separated, but the damage had been done.
"Montes's childhood made her intolerant of power differentials, led her
to identify with the less powerful, and solidified her desire to
retaliate against authoritarian figures," the CIA wrote in a
psychological profile of Montes labeled "Secret." Her "arrested
psychological development" and the abuse she suffered at the hands of a
temperamental man she associated with the U.S. military "increased her
vulnerability to recruitment by a foreign intelligence service," adds
the 10-page report. Lucy recalls that even as a teenager Ana was distant
and judgmental. "We were only a year apart, but I have to tell you that
I never really felt close to her," Lucy said. "She wasn't one that
wanted to share things or talk about things."

***

Ana Montes was a junior at the University of Virginia when she met a
handsome student during a study-abroad program in Spain. He was from
Argentina and a leftist, friends recall, and helped open Montes's eyes
to the U.S. government's support of authoritarian regimes. Spain had
become a hotbed of political radicalism, and the frequent anti-American
protests offered a welcome diversion from schoolwork. "After every
protest, Ana used to explain to me the 'atrocities' that the U.S.A.
government used to do to other countries," recalls Ana Colón, a fellow
college student who befriended Montes in Spain in 1977 and now lives
near Gaithersburg. "She was already so torn. She did not want to be
American but was."

After college, Montes moved briefly to Puerto Rico but could not find
suitable work. When a friend told her about an opening as a clerk typist
at the Department of Justice in Washington, she put her political
considerations aside. A job was a job.

Montes excelled at the DOJ's Office of Privacy and Information Appeals.
Less than a year later, after an FBI background check, the Department of
Justice granted Montes top-secret security clearance. She could now
review some of the DOJ's most sensitive files.

While holding down her day job, Montes began pursuing a master's degree
at the School of Advanced International Studies at Johns Hopkins
University. Her political views hardened. Montes developed a hatred for
the Reagan administration's policies in Latin America and especially for
U.S. support of the contras, the rebels fighting the communist
Sandinista government in Nicaragua.

Montes was now a budding Washington bureaucrat and a full-time student
at one of the country's premier universities. But she was about to take
on another demanding assignment: spy in training. In 1984, the
Cuban-intelligence service recruited her as a full-blown agent.

Sources close to the case think that a friend at SAIS served as a
facilitator for the Cubans, helping to identify potential spies. Cuba
considers recruiting at American universities a "top priority,"
according to former Cuban intelligence agent Jose Cohen, who wrote in an
academic paper that the Cuban intelligence service identifies
politically driven students at leading U.S. colleges who will "occupy
positions of importance in the private sector and in the government."

Montes must have seemed a godsend. She was a leftist with a soft spot
for bullied nations. She was bilingual and had dazzled her DOJ
supervisors with her ambition and smarts. But most important, she had
top-secret security clearance and was on the inside. "I hadn't thought
about actually doing anything until I was propositioned," Montes would
later admit to investigators. The Cubans, she revealed, "tried to appeal
to my conviction that what I was doing was right."

CIA analysts interpret the recruitment a bit more darkly. Montes was
manipulated into believing that Cuba desperately needed her help,
"empowering her and stroking her narcissism," the CIA wrote. The Cubans
started slowly, asking for translations and bits of harmless intel that
might assist the Sandinistas, her pet cause. "Her handlers, with her
unwitting assistance, assessed her vulnerabilities and exploited her
psychological needs, ideology, and personality pathology to recruit her
and keep her motivated to work for Havana," the CIA concluded.

Montes secretly visited Cuba in 1985 and then, as instructed, began
applying for government positions that would grant her greater access to
classified information. She accepted a job at the Defense Intelligence
Agency, the Pentagon's major producer of foreign military intelligence.

In an early mistake, Montes had confided to her old friend from Spain,
Ana Colón, that she had visited Cuba and had had a fling with the cute
guy who toured her around the island. Montes also revealed that she was
about to take a DIA job. "I was dumbfounded," Colón recalled. "I
couldn't understand why somebody with her leftist beliefs would be
willing to work for the U.S.A. government and for the military." Montes
said she wanted to be part of the political action and was "an American
girl, after all." But days after the confession, Montes cut her
girlfriend off. Colón called and wrote letter after letter for 2 1/2
years, to no avail. Montes wouldn't engage. Colón never heard from
Montes again.

Back in Miami, Lucy Montes also was puzzled by her sister's decision to
work for the Defense Department. But she loved her sister and was so
eager to make a connection that she didn't press the point. Ana had
become more introverted and rigid in her views since joining DIA. "She
would talk to me less and less about things that were going on with
her," Lucy said. Ironically, Ana now had much in common with her
siblings. Although Juan Carlos, the baby of the family, had become a
deli owner in Miami, Lucy and her other brother, Alberto "Tito" Montes,
had chosen careers helping to protect the United States. Tito had become
an FBI special agent in Atlanta, where he still works, and his wife was
an FBI agent. Lucy had become an FBI Spanish-language analyst in Miami,
a job she still holds, frequently working on cases involving Cubans. Her
husband at the time worked for the FBI, too.

Of her family members, only Lucy would be interviewed. She agreed to
talk for the first time — more than a decade after her sister's arrest —
to make her views on Ana clear. "I don't feel the way that a lot of her
friends seem to feel, like there's a good excuse for what she did, or I
can understand why she did it, or, you know, what this country did is
wrong. There's nothing to be admired," Lucy said.

***

For the next 16 years, Ana Montes excelled — in both Washington and
Havana. Hired by the DIA as an entry-level research specialist, she was
promoted again and again. Montes quickly became DIA's principal analyst
for El Salvador and Nicaragua, and later was named the DIA's top
political and military analyst for Cuba. In the intelligence community
and at DIA headquarters, Montes became known as "the Queen of Cuba." Not
only was she one of the U.S. government's shrewdest interpreters of
Cuban military affairs — hardly surprising, given her inside knowledge —
but she also proved adept at shaping (and often softening) U.S. policy
toward the island nation.

Over her meteoric career, Montes received cash bonuses and 10 special
recognitions for her work, including a certificate of distinction that
then-CIA Director George Tenet presented to her in 1997. The Cubans also
awarded their star student with a medal, a private token of appreciation
that Montes could never take home.

She became a model of efficiency, a warrior monk embedded deep within
the bureaucracy. From cubicle C6-146A at DIA headquarters at Joint Base
Anacostia-Bolling in Washington, she gained access to hundreds of
thousands of classified documents, typically taking lunch at her desk
absorbed in quiet memorization of page after page of the latest
briefings. Colleagues recall that she could be playful and charming,
especially with bosses or when trying to talk her way into a classified
briefing. But she also could be arrogant and declined most social
invitations.

Montes would clock out at DIA, then start her second job at her Macomb
Street apartment in Cleveland Park. She never risked taking a document
home. Instead, she fastidiously memorized by day and typed in the
evenings, spewing whole documents into a Toshiba laptop. Night after
night, she poured years' worth of highly classified secrets onto cheap
floppy disks bought at Radio Shack.

Her tradecraft was classic. In Havana, agents with the Cuban
intelligence service taught Montes how to slip packages to agents
innocuously, how to communicate safely in code and how to disappear if
needed. They even taught Montes how to fake her way through a polygraph
test. She later told investigators it involves the strategic tensing of
the sphincter muscles. It's unknown if the ploy worked, but Montes did
pass a DIA-administered polygraph in 1994, after a decade of spying.

Montes got most of her orders the same way spies have since the Cold
War: through numeric messages transmitted anonymously over shortwave
radio. She would tune a Sony radio to AM frequency 7887 kHz, then wait
for the "numbers station" broadcast to begin. A female voice would cut
through the otherworldly static, declaring, "Atención! Atención!" then
spew out 150 numbers into the night. "Tres-cero-uno-cero-siete,
dos-cuatro-seis-dos-cuatro," the voice would drone. Montes would key the
digits into her computer, and a Cuban-installed decryption program would
convert the numbers into Spanish-language text.

Montes also took the unusual risk of meeting the Cubans face-to-face.
Every few weeks, she would dine with her handlers in D.C. area Chinese
restaurants, where Montes would slide a fresh batch of encrypted
diskettes past tiny dishes of Chinese delicacies. The clandestine
handoffs also took place during Montes's vacations, on sunny Caribbean
islands.

Montes even traveled to Cuba four times for sessions with Cuba's top
intelligence officers. Twice, she used a phony Cuban passport and
disguised herself in a wig, hop-scotching first to Europe to cover her
tracks. Two other times she got Pentagon approval to visit Cuba on U.S.
fact-finding missions. She would meet at the U.S. Interests Section in
Havana during the day but slip away to brief her Cuban superiors.

Back in the States, when Montes needed to convey an urgent message, she
reached for a pager. Montes would seek out pay phones at the National
Zoo, the Friendship Heights Metro or by the old Hecht's in Chevy Chase
to call pager numbers controlled by the Cubans. One beeper code would
mean "I'm in extreme danger"; another, "We have to meet." Schooled in
spycraft by the KGB, the Cubans relied on the storied tools of the
trade. Montes's pager codes and shortwave-radio notes, for example, were
written on specially treated paper. "The frequencies and the cheat sheet
for the numbers, that was all on water-soluble paper," explained the
FBI's Pete Lapp, one of two top agents on the case. "You throw it in the
toilet, and it evaporates."

***

Spying was lonely. Montes could confide only in her handlers. Family
gatherings and holidays with her two FBI siblings and their FBI-employed
spouses became tense affairs. At the beginning, the Cubans provided
enough of a social life. "They were emotionally supportive. They
understood my loneliness," Montes told investigators. But as she turned
40, Montes became despondent. "I was finally ready to share my life with
someone but was leading a double life, so I did not feel I could live
happily," she revealed. The Cubans set her up with a lover, but after a
couple of days of fun, she realized she would not find happiness with a
"mail order" groom.
Ana Montes1631364842332_image_1024w

When FBI agents covertly searched Montes's Cleveland Park apartment,
they found her laptop and the shortwave radio she used to communicate
with Cuba. (Photograph by Matthew Girard)

Ana's alienation only grew when, by strange coincidence, Lucy began
working on the biggest case of her career: a massive crackdown on Cuban
spies operating in the United States. It was 1998, and the Miami field
office had uncovered a Cuban spy ring based in Florida, the so-called
Wasp Network. More than a dozen members strong, the Wasp Network was
infiltrating Cuban exile organizations and making inroads into U.S.
military sites in Florida upon its capture. For Lucy, the Wasp case
marked the crowning achievement of her career. The FBI had called on her
to translate hours of wiretapped conversations of Cuban spies who were
trying to penetrate the U.S. Southern Command base in Doral. Lucy earned
praise from the FBI brass and an award from a local Latin chamber of
commerce. But she never shared the news with Ana. Although Ana was one
of the preeminent Cuba experts in the world and should have been
ecstatic that her sister had helped expose a Cuban spy ring, Lucy was
convinced Ana would just change the subject. "I knew she would have no
interest in hearing about it or talking about it," Lucy said.

But Lucy's triumph became Ana's despair. Ana's handlers suddenly went
dark. They refused to contact her for months as they assessed the
fallout from the investigation. "Something that gave me fulfillment
disappeared," she later told investigators. Ana bottomed out. She
experienced crying spells, panic attacks and insomnia. She sought
psychiatric treatment and started taking antidepressants. CIA-led
psychologists would later conclude that the isolation, lies and fear of
capture had triggered borderline obsessive-compulsive traits. Montes
began showering for long stretches with different soaps and wearing
gloves when she drove her car. She strictly controlled her diet, at
times eating only unseasoned boiled potatoes. At a birthday party at
Lucy's home in 1998, Ana sat stone-faced and barely spoke. "Some of my
friends thought she was very rude, that there was something seriously
odd with her. And there was. She was cut off from her handler," Lucy said.

Inside the DIA, the star analyst remained above suspicion. Montes had
succeeded beyond the Cubans' wildest dreams. She was now briefing the
Joint Chiefs of Staff, the National Security Council and even the
president of Nicaragua about Cuban military capabilities. She helped
draft a controversial Pentagon report stating that Cuba had a "limited
capacity" to harm the United States and could pose a danger to U.S.
citizens only "under some circumstances." And she was about to earn yet
another promotion, this time a prestigious fellowship with the National
Intelligence Council. An advisory body to the director of central
intelligence, the NIC was then at CIA headquarters in Langley. Montes
was about to gain access to even more treasured information. Her spy
career would have reached unfathomable heights, had it not been for a
back-bench DIA employee named Scott Carmichael.

***

Round-faced and often stuffed uncomfortably in size 44 suits from
Macy's, Carmichael defies the stereotype of the sophisticated,
Georgetown-trained mole hunter. He laughingly describes himself as "a
Kmart security guard," but for the past quarter-century the former cop
from Wisconsin's dairy belt has hunted spies for the DIA.

In September 2000, Carmichael got a hot lead. Veteran DIA
counterintelligence analyst Chris Simmons had been approached by a
female intelligence officer. She had risked her career to inform Simmons
that the FBI had spent two years fruitlessly trying to identify a U.S.
government employee who appeared to be spying for the Cubans. It was an
"UNSUB" case, meaning a search for an unidentified subject. The FBI knew
that the UNSUB had high-level access to U.S. intelligence on Cuba, had
purchased a Toshiba laptop to communicate with Havana and a few other
tidbits. But with so few details, the FBI investigation had stalled.

Carmichael got to work. He and his colleague Karl "Gator" James began
inputting some of the FBI's closely held clues into their employee
databases. DIA workers surrender many of their privacy rights when
applying for security clearances, and Carmichael had access to reams of
personal financial records, medical histories and detailed travel
itineraries. The computer search produced more than a hundred possible
employee matches. After scanning through about 20 subjects, the name
"Ana Belen Montes" popped onto Carmichael's screen.

Carmichael knew her. Four years earlier, one of Montes's fellow DIA
analysts had squealed on her, troubled by her occasionally aggressive
efforts to access sensitive information. Carmichael had even interviewed
Montes and thought she had been lying. "I was left with this nagging
doubt," he recalls. But Montes had been able to explain away all her
actions, and Carmichael had closed the case. Now the computer screen was
blinking Montes's name, and he was convinced she must be a spy. "I knew,
I really knew it was her," he said.

But the FBI was unimpressed. Lead agent Steve McCoy riddled holes in
Carmichael's thesis, pointing out that many other federal workers and
contractors matched the same circumstantial shreds of evidence that had
supposedly tied Montes to the case. And some of Carmichael's evidence
made no sense.

Carmichael conceded there were holes in his theory and reminded himself
that Montes was a stellar employee. He also knew that few women have
been prosecuted for espionage in America since the Cold War. Still,
Carmichael was certain he was on the right track. As he walked out of
the FBI that first day, he swore a pledge. "I can remember looking off,
in the direction of the DIA and being so freakin' pissed off,"
Carmichael fumed years later. "I told Gator we're going to war. I said,
'We're getting rid of that … woman, and these guys don't know it yet,
but they're opening a case on her.' "

Carmichael built a dossier on Montes and began badgering McCoy with
facts, dates and coincidences. He made excuses to stop by McCoy's office
to talk about Montes and fill in holes. And when he was ignored, he went
over McCoy's head.

After nine weeks, Carmichael's relentless campaign paid off. McCoy was
sold and persuaded headquarters to open a full investigation. "The
bureau got really lucky when the DIA came to us with Montes as a
suspect," said Pete Lapp, McCoy's partner on the case. Despite their
differences, McCoy says Carmichael deserves a tremendous amount of
credit for his tenacity: "He broke the case. He gave us our subject,"
and "from that point on, the FBI made the case."

Once the FBI was fully engaged, it assigned more than 50 people to work
the investigation and won permission from a skeptical Foreign
Intelligence Surveillance Court judge to conduct surreptitious searches
of Montes's apartment, car and office. FBI operatives tailed Montes and
filmed her making suspicious calls on pay phones. Lapp used a national
security letter, a form of administrative subpoena, to gain unfettered
access to Montes's credit records. Montes, he learned, had applied for a
line of credit in 1996 at a CompUSA store in Alexandria. Her purchase?
The same model of Toshiba laptop that the FBI had learned about from its
original source when it began its UNSUB investigation. "It was awesome,
it was awesome," Lapp recalls. "This was regular old detective work."

Still, no one had witnessed Montes meeting a Cuban, typing coded
messages at work or stuffing anything classified into her pocketbook.
For Lapp, then, there was a lot riding on the first sneak-and-peek of
Montes's apartment. He needed concrete proof that Montes was a spy. Yet
he couldn't risk tipping her off with a messy search. "There's no bigger
stress that I've had professionally than being in someone's apartment,
legally, with them not knowing it and having a chance to get caught,"
said Lapp, a former police officer. "You're being a cat burglar,
legally, but you can get caught, and the entire case is blown."

Adding urgency was Montes's pending promotion to the CIA advisory
council. Carmichael needed to quietly stall the assignment. With help
from then-DIA director Vice Adm. Thomas Wilson, they concocted a simple
ruse. At the next big staff meeting, someone would casually mention that
a large number of DIA employees were on loan to outside agencies, a
common practice. Wilson would explode and announce a total freeze on
external assignments. The theatrics worked. Montes never knew that the
agency-wide moratorium was designed just for her. Dozens of supervisors
at other Washington agencies had called Wilson to complain, but the
bogus temper tantrum kept Montes out of the CIA.

***

Just as the FBI's criminal case was building steam, Montes fell in love.
She had begun dating Roger Corneretto, a senior intelligence officer who
ran the Cuban intelligence program for SouthCom, the military
installation the Wasp network had tried to infiltrate. Eight years her
junior, Corneretto was attracted to Montes's ambition, tight skirts and
smarts.

Corneretto said that, at first, he enjoyed the challenge of trying to
woo the DIA "ice queen." "It took a long time for her to finally let me
in, and when she did I realized that warmth and niceness were not going
to come pouring out in a way to make up for how she was and for her
inexplicable hostility to good people," Corneretto recalled in a recent
e-mail.

Corneretto is married now and still works for the Pentagon. He
reluctantly agreed to discuss his ill-fated office romance. "As a close
community we were all fooled, but on top of that, I was even dating her,
so [my] sense of shame and guilt and failure and personal responsibility
was indescribable," he said. He calls Montes "an unapologetic, highly
educated, volunteer thug for a police state" and declares that "she will
never be off the hook with me."

Despite her boyfriend's obvious intel potential, investigators believe
that Montes's affections were real. She fantasized about starting a
family and ditching her espionage career. But her handlers refused to
let their top producer quit. "I'm a human being with needs that I
couldn't deny. I thought the Cubans would understand," she later
revealed to her debriefers. But spy agencies don't work that way. "She
naively believed that they would thank her for her assistance and allow
her to stop spying for them," the CIA commented in its analysis.

***

On May 25, 2001, Lapp and a small team of black-bag specialists slipped
inside Apartment 20. Montes was out of town with Corneretto, and the FBI
searched her closets and laundry bins, paged through shelves of neatly
stacked books and photographed personal papers. They spotted a cardboard
box in the bedroom and carefully opened it. Inside was a Sony shortwave
radio. Good start, Lapp thought. Next, techs found a Toshiba laptop.
They copied the hard drive, shut down the computer and were gone.

Several days later, a secure fax machine at the Washington field office
began churning out the translated contents of the hard drive. "That was
kind of our eureka moment," Lapp said.

The documents, which Montes had tried to delete, included instructions
on how to translate numbers-station broadcasts and other Spy 101 tips.
One file mentioned the true last name of a U.S. intelligence officer who
had been operating undercover in Cuba. Montes had revealed the agent's
identity to the Cubans, and her Cuban intelligence officer thanked her
by noting, "We were waiting here for him with open arms."

But the FBI needed more. It wanted the crypto codes that it was certain
Montes carried in her purse. It fell to Carmichael to design a plan so
Montes would abandon her pocketbook in her office. As described in
Carmichael's 2007 book, "True Believer," the elaborate stunt included a
bogus software glitch and a phony invitation to speak at a meeting just
one floor away. The conference-room location was close enough Montes
might not bring her pocketbook, and the meeting was kept short enough
that she wouldn't need her purse to buy lunch afterward.

On the day, two IT geeks huddled by Montes's cubicle to investigate an
annoying new computer malfunction. One of them happened to be FBI
Special Agent Steve McCoy. When her colleagues weren't looking, McCoy
tossed Montes's pocketbook into his toolbox and slipped off. The FBI
quickly copied the contents and returned the pocketbook. Inside her
purse were pager warning codes and a phone number (area code 917) later
traced to Cuban intelligence.

Without any eyes-on evidence of a dead drop of classified documents,
though, the FBI worried that Montes would be able to plea-bargain her
way out of trouble. But they were out of time. Hijacked planes had just
slammed into the Pentagon and the World Trade Center, and overnight the
DIA was on a war footing. Montes was named an acting division chief,
based on her seniority. Making matters worse, DIA supervisors who were
ignorant of the investigation had selected Montes as a team leader to
process target lists for Afghanistan. Wilson, the DIA director, had
demanded strict operational security regarding Montes. But now he wanted
her out of the way. Cuba had a long history of selling secrets to the
United States' enemies. If Montes obtained the Pentagon's war plan for
Afghanistan, DIA officials worried, the Cubans would eagerly pass the
information to the Taliban.

Carmichael came up with one final deception. On Sept. 21, 2001, a DIA
supervisor called Montes with an urgent request from the DIA inspector
general's office to help deal with an infraction by one of her subordinates.

Moments later, Montes appeared in the inspector general's office and was
ushered into a conference room, where McCoy and Lapp were waiting for
her. McCoy played good cop, suggesting vaguely that a technical source
or an informant had led them to her. Montes went pale and stared ahead,
blankly. McCoy soft-pedaled her culpability, hoping she might try to
offer innocent rationales for unauthorized contacts with Cuban
officials. But when Montes asked if she was under investigation and
requested a lawyer, the charade ended. "I'm sorry to tell you, but you
are under arrest for conspiracy to commit espionage," McCoy announced.
Lapp slapped on the handcuffs, and they escorted Montes out of the DIA
for the last time.

A nurse, oxygen tanks and a wheelchair had been positioned in the wings,
but the Queen of Cuba didn't need any help. "We figured she would just
kind of collapse, be a wreck," Lapp said. "And I think she could have
just carried both of us out on her back. She walked out that calm — I
won't say 'proud' — but with that kind of composure."

Later that day, an FBI evidence team scoured Montes's apartment for
hours. Hidden in the lining of a notebook they found the handwritten
cipher Montes used to encrypt and decrypt messages, scribbled shortwave
radio frequencies and the address of a museum in Puerto Vallarta,
Mexico, where she was meant to run in an emergency. The crib sheets were
written on water-soluble disappearing paper.

***

For Lucy Montes, Ana's arrest was humiliating. She and Tito had worried
they would lose their FBI jobs, and the anger kept coming in waves. But
for nearly a decade, Lucy saw little point in piling on against Ana. "I
thought it was better to be a sister and not a judge and jury," Lucy said.

But in late 2010, Ana went too far. From her Texas prison cell, she
wrote an angry letter suggesting that Lucy should see a psychologist to
deal with her latent rage. The hypocrisy was too much. "I thought now
would be a good time for me to tell you exactly what I think about you,"
Lucy replied on Nov. 6, 2010, in a two-page letter she shared with this
reporter. "I never told you before because … it seemed a cruel thing to
do since you were in prison. But you need to know what you've done to
all of us."

Lucy began by invoking their beloved mother, Emilia. "You should know
you ruined Mom's life. Every morning she wakes up devastated by what you
did and where you are," Lucy wrote. It's not enough, Lucy added, that
Mom "was married to a violent man for 16 years and raised four children
by herself. No, you had to ruin her final years when she should be
living in peace and contentment."

Then she turned to the rest of Ana's inner circle. "You betrayed your
family, you betrayed all your friends. Everyone who loves you was
betrayed by you," Lucy wrote. "You betrayed your co-workers and your
employer, and you betrayed your nation. You worked for an evil
megalomaniac who shares or sells our secrets to our enemies."

Finally, Lucy tore down Ana's tired rationalizations. "Why did you
really do what you did? Because it made you feel powerful. Yes, Ana, you
wanted to feel powerful. You're no altruist, it wasn't the 'greater
good' you were concerned for, it was yourself. You needed power over
other people," Lucy concluded. "You are a coward."

In interviews, Lucy refuses to make excuses for her sister. While her
late father did have a frightening temper, Lucy also remembers him as a
compassionate man with solid values. "We all grew up in the same
household, we all had the same parents, so you can't blame everything on
what happened at home," Lucy said. "If there's one thing my father
taught us, it's respect for the law and authority. It never even entered
my mind that my sister would be capable of such a thing, because we
weren't raised that way."

***

Ana Montes lives today at the Federal Medical Center Carswell in Fort
Worth, in a 20-inmate unit reserved for the nation's most dangerous
female offenders. She could have been charged with treason, a capital
offense, but pleaded guilty to espionage in exchange for a 25-year
sentence. She still has another decade to go. "Apparently it's pretty
horrific in there for her," Lucy says. "She says it's like being in an
insane asylum."

U.S. military and intelligence agencies spent years assessing the
fallout from Montes's crimes. At a congressional hearing last year, the
woman in charge of the damage assessment testified that Montes was "one
of the most damaging spies in U.S. history." Former National
Counterintelligence Executive Michelle Van Cleave told Congress that
Montes "compromised all Cuban-focused collection programs" used to
eavesdrop on high-ranking Cubans, and it "is also likely that the
information she passed contributed to the death and injury of American
and pro-American forces in Latin America."

Strict prison rules bar Montes from talking to the media and all but a
few friends and relatives. But in her private correspondence, she
refuses to apologize. Spying was justified, she says, because the United
States "has done some things that are terribly cruel and unfair" to the
Cuban government. "I owe allegiance to principles and not to any one
country or government or person," Montes writes in one letter to a
teenage nephew. "I don't owe allegiance to the US or to Cuba or to Obama
or to the Castro brothers or even to God."

***

Lucy Montes knows all about allegiance. When Ana walks out of prison on
July 1, 2023, Lucy will be waiting. She has offered to let Ana live in
her home for a few months, to get settled. "There's nothing acceptable
about what she did. On the other hand I don't feel like I can turn my
back on her, because she's my sister."

Jim Popkin is a writer living in Washington.

http://www.washingtonpost.com/sf/feature/wp/2013/04/18/ana-montes-did-much-harm-spying-for-cuba-chances-are-you-havent-heard-of-her/